Un lugar llamado Kotel. Por Baruj Zaidenknop*

noticias

Un lugar llamado Kotel. Por Baruj Zaidenknop*

“… hay personas con corazón de piedra
y hay rocas con corazón humano…”

Yiosi Gamzu

El Muro de los Lamentos (הַכֹּתֶל הַמַעֲרָבִיHakótel Ha´ma’araví) es el sitio más sagrado del judaísmo, vestigio de la muralla del Templo de Jerusalén.  Su nombre significa simplemente «muro occidental» y data de finales del período del Segundo Templo y hasta hace poco se creía que fue construido cerca del año 19 a. C. por el rey Herodes. Según hallazgos en excavaciones recientes se estima que fue construido décadas más tarde por su bisnieto, Agripa II. Es uno de los cuatro muros de contención alrededor del Monte Moriá, erigidos para ampliar la explanada sobre la cual fueron edificados el Primero y el Segundo Templo de Jerusalén, formando lo que hoy se conoce como la Explanada del Templo.

Es el lugar indicado a Abraham,  el primer patriarca de Am Israel (Génesis XXII: 1-2), para ofrendar  a su hijo Yitzjak, y donde su nieto, Yaacov soñó con la escalera que subía al cielo (Génesis XXVIII: 12).

El Muro de los Lamentos es sagrado debido a que es una de las pocas partes que quedaron en pie luego de que los romanos destruyeran el Templo de Jerusalén. El Muro Oriental y el Muro Sur también sobrevivieron parcialmente el embiste romano, pero el Muro Occidental está más cercano al Sancta Sanctorum o Santo Santuario (I Reyes 8: 6-8), el sector más sagrado del Templo al que solamente podía acceder el Sumo Sacerdote una vez al año. A diferencia del Muro Oriental y el Muro Sur, el Muro Occidental se convirtió en el lugar tradicional de oración, de celebraciones, rituales y promesas o juramentos.

Este gran muro atesora los sufrimientos de Israel y sus dolores. Si bien popularmente recibe el nombre de «El Muro de los Lamentos», solían llamarlo el «Muro de los Pobres», pues éstos lo visitaban con mayor frecuencia porque encontraban un oído atento sus súplicas.

Y es parte de la creencia que cuando se repartieron las labores para la construcción del Templo, la erección del Muro Occidental correspondió precisamente a los pobres. Cuando el enemigo se dispuso a destruir el Muro Occidental, los ángeles celestiales descendieron desde su morada, extendieron sus alas y dijeron: «…este muro, que es producto del esfuerzo de los pobres, jamás será destruido…»

A pesar de la destrucción del Templo y después de transcurridos milenios de exilio y posterior redención, conserva su condición sagrada pues, de acuerdo con la tradición, la Shejiná  שכינה): el Espíritu Divino) nunca se apartó del Kotel. En el Talmud (Meguilá 28; a), los Sabios explican que los Santuarios conservan su santidad aun cuando sean devastados; así el lugar físico que ocupaba el Gran Templo de Jerusalén, mantiene intacta su santidad luego de ser destruido, e incluso después de haber sido profanado.

Jamás la Presencia Divina se apartó del Muro Occidental y «…éste jamás será destruido porque la Presencia Divina se encuentra en la parte occidental…» (Be´Midbar Rabá 21:3)

 

El muro simboliza al Pueblo Judío, que también sufrió intentos para ser destruido, y como el Kotel, sobrevivió y se mantuvo a pesar de todas las adversidades. El Pacto (ברית: Berith), la alianza de Dios con Abraham tal como figura en Bereshit (Génesis), certifica que será eterna, asegurando la existencia eterna del Pueblo Judío.

 

El Muro que vemos elevarse desde el piso, no es más que un aspecto parcial del  Kotel. Su parte mayor ha quedado sepultada bajo tierra.

La longitud del Kotel durante la ocupación árabe era de 28 metros. Luego de los trabajos de arqueólogos especializados y las obras de recuperación minuciosa, fue ampliada a 48 metros.

En las numerosas excavaciones realizadas en las inmediaciones, se han descubierto más de veinte hileras de grandes piedras talladas, similares a aquellas que podemos apreciar en la parte inferior a nivel del piso. En la actualidad, son visibles dos hileras y media más que lo que había en el momento de su liberación en la Guerra de los Seis Días de 1967.

Está construido con nueve hileras de piedras enormes, que datan de la época del Rey Herodes y su dinastía. Encima de ellas se levantan otras cuatro hileras de piedra más pequeñas procedentes de la construcción de Cesar Adriano, que erigió un templo para Júpiter, deidad romana.

Las hileras inferiores son de piedras labradas cuyos cantos han sido tallados a modo de decoración y datan de la época del Segundo Gran Templo. Las otras cuatro hileras superiores, son de piedras planas, sin ornamento de ningún tipo. Las piedras de las filas inferiores son extremadamente grandes, cada una de un largo aproximado de un metro y medio por un metro de alto.

De un modo especial resaltan dos piedras de los costados, una en su extremo norte y una en el extremo sur, de un ancho superior a los cinco metros.

Cuando el Primero y el Segundo Templos fueron destruidos, y durante la Rebelión de Bar Cojba (años 132-136), los héroes de Israel lucharon con enorme entrega y sacrificio para defender cada piedra del Templo. Ellos sirvieron como ejemplo de coraje para el Pueblo Judío. Como ellos, los soldados israelíes, en 1967 durante la Guerra de los Seis Días, combatieron valientemente para liberar el Kotel Ha´ma´araví y el Monte del Templo y reconquistarlos para la soberanía israelí.

Durante los tiempos del Beith Ha´Mikdash (בית המקדש: El Santuario de Jerusalén), los Judíos de toda Israel peregrinaban al Templo tres veces al año. Durante los 1900 años de exilio los judíos siempre ascendemos – real o metafóricamente – a Jerusalén para tener la oportunidad de rezar junto al Kotel, orando por la redención.

Y tres veces al día,  nuestras plegarias  siempre fueron recitadas en dirección al Kotel en Jerusalén. Como dijo Rab Yehudá Ha´Levi, “…Estoy en occidente, pero mi corazón está en Oriente (Jerusalén)…”.

Nuestra tradición mística dice que todos nuestros rezos se orientan hacia el lugar del Beit Ha´Mikdash, y de allá, ascienden para el cielo. El Talmud dice que si alguien está rezando fuera de la Tierra de Israel, su corazón debe estar dirigido hacia Jerusalén. Como dice la Torá: “…y ellos rezarán para Ti a través de la tierra que Tú les diste, a través de la tierra que Tú diste a sus antepasados, la ciudad que Tú escogiste, en la casa que construí en Su nombre…” (Reyes I 8:48).

Durante 19 años, desde 1948  y hasta 1967, la ocupación árabe de Jerusalén, nos prohibió acceder al sector del Kotel. Con la liberación de Jerusalén, en 1967, el lugar quedó abierto para que Am Israel pudiese orar en el lugar más sagrado y venerado.

De acuerdo con la tradición, cuando las legiones del emperador de Roma

– Tito – destruyeron el templo, sólo una parte del muro exterior quedó en pie. Tito dejó este muro para que conserváramos el amargo recuerdo de que Roma había vencido a Judea. Sin embargo, atribuimos su supervivencia a una promesa divina, según la cual siempre quedaría en pie al menos una parte del sagrado templo como símbolo de Su alianza perpetua con Am Israel. Hemos rezado frente a este muro durante los últimos casi dos mil años, convencidos de que este es el lugar más sagrado y más bello de la Tierra.

Según el Talmud, diez medidas de belleza fueron distribuidas en el  mundo: nueve para Jerusalén y una para el resto –(קדושין מ»ט: ב: Kidushin 49:b)

Y en Avot de Rabi Natan (28) se agrega:

Diez medidas de sufrimiento fueron distribuidas en el mundo:

nueve para Jerusalén y una para el resto.

Diez medidas de heroísmo fueron distribuidas en el mundo:

nueve para Jerusalén y una para el resto.

Diez medidas de sabiduría fueron distribuidas en el mundo:

nueve para Jerusalén y una para el resto.

Todos los que rezan en Jerusalén,  es como si oraran ante el trono de gloria, porque la puerta del cielo se encuentra allí. (פרקי דר אליעזר 35: Pirkei de-Rabbi Eliezer: 35)

Y no cabe duda de que el lugar del Kotel, en la Explanada del Templo, es literalmente “La puerta del Cielo”.

El Kotel “ha visto” muchos cambios desde aquel día en que quedó como único remanente del Beit HaMikdash. Pueblos extraños y ajenos a él, lo dominaron a lo largo de la historia: romanos, bizantinos, árabes, cruzados, otomanos e incluso el Mandato Británico desde 1917 hasta 1948.

Como consecuencia de los graves incidentes y matanzas de judíos ocurridas en el año 1929 que se iniciaron en Jerusalén en “Rejov Yaffo” (Calle Jaffa) protagonizadas por grupos de pobladores árabes, la Liga de las Naciones creó en 1930 la Comisión del Muro Occidental (“ Western Wall Commission”) a los efectos de considerar y resolver acerca de los derechos de los judíos para orar junto al Kotel. Esta Comisión resolvió que podían rezar allí, pero no tenían autorización para llevar “Sifrei Torá” (Rollos de la Torá) ni colocar pupitres o asientos para el ritual. Y tenían además, expresamente prohibido utilizar o hacer escuchar el sonido del Shofar (“…blowing the Shofar…”). Obviamente, estas prohibiciones se convirtieron en símbolo de la imposición de “reglas extrañas” y eran motivo de constantes intentos de desobediencia.  Las discusiones por el normal ejercicio de estos derechos fueron fuente de duras controversias internacionales hasta 1967.

El pensamiento judío desarrolló durante el largo exilio de casi dos mil años la idea de una Jerusalén terrenal (ירושלים של מטה: “Jerusalén o terrenal”) y la de una Jerusalén Celestial totalmente espiritual (ירושלים של מעלה: Jerusalén superior o celestial).

Paradójicamente, el Kotel, sus piedras, y la íntima conexión física y espiritual que generan con quienes se acercan para elevar sus plegarias y elevarse espiritualmente, emocionados, u oran desde cualquier lugar del mundo inclinándose hacia Él, son la expresión más tangible de la Jerusalén Celestial sobre la tierra.

Tal vez por eso el poeta expresó con elocuencia:

“… hay personas con corazón de piedra
y  hay rocas con corazón humano…”

 

*Director pedagógico de DGEGP