«Keren Hayesod», por Marcos Aguinis

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«Keren Hayesod», por Marcos Aguinis

Una llamarada de entusiasmo recorrió las sufrientes comunidades judías del mundo cuando a fines del siglo XIX nació el movimiento sionista. No significó el fin, sino la profundización de una lucha para sobrevivir que, hasta ese momento, parecía inútil. Es cierto que continuaron los progroms y la discriminación pese a la novedad de ese movimiento acusado de utópico, y pese a los fragmentos de libertad y tolerancia que asomaron tras la Revolución Francesa. El tenebroso “caso Dreyfus” acababa de demostrar que el odio persistía y que el prejuicio no aminoraba. Sin embargo, el ideal de conseguir el renacimiento nacional judío en su amado terruño no dejaba de crecer. Ahí surgiría algo grandioso.
Antes de la Primera Guerra Mundial, cuando todo el Medio Oriente era una posesión del imperio otomano, pioneros ejemplares se dirigieron a una tierra seca y hostil, para resucitarla. Con picos, azadas y uñas roturaron las piedras, desecaron ciénagas infectadas por el paludismo, sembraron huertos y forestaron arenales. Reinaba el abandono y el vacío. No iban a colonizar en el sentido de las crueles potencias clásicas, porque no se proponían robar frutos que no había, ni explotar a otra gente. Su propósito era sembrar y cosechar los propios frutos, y hacerlo con las propias manos y su exclusivo sudor. De esa forma nacieron nuevas aldeas, se abrieron caminos, crió ganado, cultivaron cítricos, brotaron jardines. Y se desarrolló un temperamento maravilloso que sintetiza la palabra “sabra”, es decir, el fruto del cacto, espinoso por fuera y muy dulce por dentro.
Como una herramienta fundamental de esa revolución única, en el año 1920 fue creado el Keren Hayesod. Entre las personalidades fundadoras se encuentran personalidades como Jaim Weizman, Albert Einstein y Zeev Jabotinsky. La inteligente iniciativa tuvo inmediato apoyo de mentes visionarias e inteligentes. Puso en marcha campañas de recaudación en las que quisieron involucrarse decenas de miles, pese a sus limitaciones económicas. El objetivo era subyugante y entrañaba un deber moral.
Al mismo tiempo, se diseñaron planes de acción para que cada aporte tuviese el mejor destino. El Keren Hayesod no sólo ayudó a los pioneros que levantaban kibutzim, moshavim y nuevas ciudades sobre arenas, piedras, desiertos y pantanos, sino que contribuyó de forma decisiva en la creación de la primera Universidad moderna del Medio Oriente. Luego el primer hospital de última generación. Cooperó en la fundación del Bank Hapoalim. Apoyó la creación de la primera Orquesta Filarmónica de la región. Y siguió financiando obras de infraestructura para un país que parecía condenado al atraso, de no ser por la hirviente sangre que brindaban los protagonistas de una epopeya singular.
En la década del 30 tuvo que empezar la tarea del rescate a los judíos amenazados en Europa por el auge del nazismo. Había que sacarlos de los campos de concentración y de ciudades sitiadas, había que hacerlos ingresar a una Eretz Israel secuestrada por el imperio británico, había que darles alojamiento y conseguirles trabajo.
El Estado de Israel ya era un Estado antes de su independencia: con ciudadanos abnegados, con red escolar, con grupos de defensa, con una calificada productividad. Pero las dificultades eran ciclópeas. Al país lo rodeaba un océano de enemigos dispuestos a repetir las matanzas de Gengis Khan (según declaró un alto funcionario de la Liga Arabe), el mundo no era solidario como debía pese al reciente Holocausto, fue necesario aplicar la “tzena” (racionamiento), cientos de miles de judíos fueron expulsados de los países árabes y llegaban a Israel con una mano adelante y otra atrás, como los cientos de miles que los precedieron y eran sobrevivientes enloquecidos de los campos de exterminio nazi. El Keren Hayesod extendía tentáculos amistosos hacia todos los problemas para ayudar a darles solución.
Israel siguió creciendo y pudo resolver numerosas emergencias. Pero surgieron nuevas: las olas de judíos provenientes del Africa, el Yemen, Kurdistán. Flamantes poblados necesitaban obras sanitarias, caminos, agua, hospitales, escuelas, protección. Las tareas no cesaban y tampoco los nuevos desafíos, como la inmigración en masa de Etiopía. Posteriormente, la llegada en aluvión de los judíos rusos tras el desmembramiento de la antisemita Unión Soviética.
Ahora exhibe el Keren Hayesod pergaminos que lo harían merecedor a los aplausos de todas la ONG que existen en el mundo, a recibir los más altos premios y ser ensalzado como una institución ejemplar, de la que hay muchísimo para aprender. Y que aún está lejos de haber terminado su misión.

*Prólogo del Libro Continuidad, «Keren Hayesod, la historia en afiches», editado en 2014.