Historia y vivencias de Miriam Peretz, una ejemplar «madre del dolor» israelí

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Historia y vivencias de Miriam Peretz, una ejemplar «madre del dolor» israelí

Esta mujer nació en 1954 en Casablanca, Marruecos, hizo aliá a los 10 años y tuvo seis hijos, pero en noviembre de 1998, el mayor, Uriel, fue ultimado en el Líbano y doce años después, Eliraz, el segundo, cayó en la Franja de Gaza. Durante su visita a la Argentina, invitada por Campaña Unida – Keren Hayesod, dio varias conferencias, conoció secundarias de la Red Escolar Judía y mantuvo la siguiente entrevista con Itongadol.
– No hay judíos de la Tierra de Israel y judíos de la Argentina, hay un solo pueblo. Es mi primera vez en la Argentina, que tiene una comunidad (judía) muy cálida y que quiere mucho al Pueblo de Israel. Ese amor se siente en cada alocución. No hace falta estar allá, podés actuar por la Tierra de Israel desde aquí. Es muy importante destacar que vine por el Keren Hayesod porque cuando estuvo acá, (Benjamín) «Bibi» Netanyahu habló de «nuestra amiga Miriam» al principio del acto (en la AMIA) y la gente pensó que había venido con la delegación del primer ministro. El Keren Hayesod me mandó para hablar con la comunidad y su juventud sobre nuestro país y para despertar y agradecer su contribución al Estado de Israel.
– ¿Cómo es ser madre en Israel?
– Un niño que nace en Israel no es como el que lo hace en la Argentina: nace directo para la sirena (de alerta ante un ataque)… Siempre hay una guerra o una operación (militar). No es algo normal, pero eso es Israel y es un hecho: las madres vivimos con ansiedad y temor. París a un niño y rezás que ya no haya guerra… y eso no es seguro. Todo el tiempo les cantamos: «Que cuando crezcas no haya guerras…», pero no hay un chico que no haya pasado por una guerra o una operación. Tengo seis hijos y todos pasaron por alguna, o por un atentado. La ansiedad te «mata» y te atemoriza. La gente no entiende que son heroínas… Y esa ansiedad crece cuando un hijo llega a los 18 años. Aquí termina el secundario y va a un terciario o lo que sea… Nosotras sabemos que va al ejército y no sabemos si vuelve. Las madres en Israel están todo el tiempo «pegadas» a la radio para saber qué pasa, dónde está el chico, si llegó o no… Son especiales, hay gente que no querría vivir así. Hay gente que quiere irse a otro país para no estar bajo esa presión. El día que su niño murió, a las madres les amputaron la vida y empezaron otra nueva. Es como una plaga de granizo que entra a tu casa y todo se cae… Las madres en Israel le temen a una cosa que jamás podrán entender: a que te toquen a la puerta… Si pasa, sabés que ya no tenés un hijo…
– ¿Cuán importante es la relación con D’s?
– Cada uno es diferente y yo digo que todos tenemos una mochila con herramientas que fuimos agregando y con los cuales fuimos lidiando con situaciones a lo largo de la vida. Cuando era chica, me cargaban y me decían «colorada». No me gustaba y al principio lloraba, después les decía cosas, luego les pegaba, más tarde aprendí a escuchar e irme… Ésas fueron mis herramientas, no las de otro, y cada familia lo enfrenta en forma diferente. Cada uno de mis hijos lo hizo a su modo. Eran chicos cuando fue asesinado el primero y dijeron: «Si Uriel, que era ejemplar, murió, D’s no existe», y se alejaron. Pero Eliraz, mi segundo hijo, se hizo más religioso. Mi esposo se encerró en el silencio. Colgaba fotos de Uriel por toda la casa y por la noche iba junto a ellas y repetía la frase del rey David: «Uriel, hijo mío, ¿quién me dará muerte hoy por tu temor?». Quería morir… Era difícil para él… Construyó una sinagoga a nombre de Uriel… Era débil y después falleció. No es lindo decirlo, pero los hombres son débiles. Las mujeres traemos chicos al mundo y éstos aprenden con dolor. Pero cuando escuchamos su primer llanto nos fortalecemos. Yo tenía dos opciones: dormir, llorar y culpar a D’s y al Gobierno, o pararme y fortalecer la vida. Miré a los otros chicos que tenía en casa. Era directora de una escuela y continué mi camino: elegí hablar. No sobre la muerte de los chicos, sino cómo seguir viviendo… Cuando el hombre cree, su posibilidad de enfrentarlo es mayor porque dice «no fui yo, fue D’s» y morigera su culpa. Hay gente que dice: «No estuve bien, yo lo mandé, ¿por qué no le dije que se fuera a vivir a los Estados Unidos?». Provengo de una casa religiosa y al principio era difícil (mi relación) con D’s: ¡soy religiosa! «Respeto el Shabat, enciendo las velas los viernes, Te pido que permitas que mis hijos crezcan, cumplí con todos Tus preceptos, ¿qué está pasando acá?» Y no fue un solo hijo: Uriel tenía 22 años, y Eliraz 32 y cuatro niños, el mayor de seis años y la menor de dos meses… No conoce a su padre… «¿Por qué me pasó, D’s?» No hay respuesta… y nunca la habrá. Pero tengo una para «¿por qué mis hijos fueron asesinados?»: para que otros chicos hoy vayan a centros comerciales y escuelas en Israel.. Alguien debe garantizar la existencia e Israel no es seguro; no podés vivir si no sabés defenderte… Alguna vez combatieron los macabeos; otra, chicos que venían de Auschwitz; y ahora fue el turno de mis hijos… para que yo y todos pudiéramos seguir viviendo. Deben entender que si el Estado de Israel fuese débil, ningún judío podría vivir en cualquier lugar del mundo. Tenemos un destino compartido, y eso les digo a los chicos… Hoy soy supervisora del Ministerio de Educación y después del trabajo suelo reunirme semanalmente con mil soldados, (personal de) el Mosad, el Shin Bet, jóvenes o familias dolientes que perdieron a sus hijos y éste es mi mensaje: ‘¡Mírenme! ¡No estoy hecha de otro material! Soy un ser humano, pero que eligió vivir. Podés levantarte, aun desde una crisis. Es tu decisión’. Hay gente que prefiere quedarse tirada… Es una opción. No digan que es de otro, es propia. También les digo que la vida es más fuerte que la muerte. Nos despertamos por la mañana, y eso es una prueba: no nos preguntan al respecto. Qué hacés con tu vida es tu elección. Al fin de cuentas, todos llegaremos «arriba» y quiero ir hacia mis hijos con la cabeza en alto, con orgullo. ¿Para qué cayeron si yo no vivo? Así que continúo y me dirijo a todo el mundo voluntariamente con un mensaje para la juventud: «¿Qué los quiebra hoy? Perdieron el iPhone, o la electricidad y no tener Facebook, no les compraste (ciertas) zapatillas, y listo, es lo peor del mundo…». La vida es complicada y también les recomiendo que cambien los anteojos con los que miran el mundo para buscar la luz en toda oscuridad. Porque la hay y solo la puedes ver en la oscuridad.
– ¿Por qué cree que fue elegida para encender la antorcha conmemorativa de Iom Hazicarón, el Día de Recordación de los combatientes fallecidos y las víctimas de atentados terroristas, en 2014? ¿Qué sintió en ese momento?

– Me explicaron que el país me ve como una inspiración y una impulsora de la vida, el voluntariado y el involucramiento. La verdad es que habría querido que no me reconocieran ni ser famosa… no lo elegí. Lo que sí elegí fue el camino para continuar y éste influyó en todos. Tengo 50.000 cartas que la gente me escribió sobre cómo cambiaron las proporciones de sus vidas después de los encuentros (conmigo). Eso es lo que dicen… Me sentí terrible: todos lo que encendieron una antorcha se fueron a cortar el pelo y se «produjeron», y yo estuve todo el día en el (Cementerio Militar del) monte Herzl. ¡Es Iom Hazicarón! Y a las 17 hs. me dijeron, de pronto: «Cambiáte, vas a encender una antorcha». No es normal… Hacer el pasaje de Iom Hazicarón (a Iom Haatzmaút)… Hacerlo yo… No era hablar de eso, sino experimentarlo, sentirlo… Así que cuando llegué al monte Herzl, por la ansiedad no lograba concentrarme porque todos veían gente, pero yo veía lo que estaba más allá: ¡tumbas! Y no podía, me quebraba… Pero cuando fue el acto y me llamaron, me esforcé para cambiar mi pensamiento y ver a mis hijos, Uriel y Eliraz, sentados entre el público. Y cuando encendí (la antorcha), sentí que ellos estaban allí y la estaban prendiendo… La fuente de la fuerza es la fe en la Tierra, el Pueblo y la Torá de Israel, la fe en que mis chicos no fueron asesinados porque sí, sino por algo grande: nuestra existencia. Y aquí, en la Argentina, le dije a la juventud que cuando mi hijo Eliraz fue a la guerra, me agarró y me dijo: «Mamá: En la mochila no me llevo bombas, sino los ojos de todos los chicos del Pueblo de Israel que luchan allá por este lugar», porque tenemos una responsabilidad y una garantía recíprocas y un destino conjunto y compartido. Pero lo más importante que les digo es que se puede bailar un tango después que enterraste a tus dos hijos… En Miluím (reclutamiento anual de reservistas) bailo el tango, y todo el tiempo hablo y bailo con él: a veces me tira, otras lo hago yo, en alguna oportunidad me hace saltar, pero nunca lo abandono… continúo con la canción y el baile del Pueblo de Israel. Y la sabiduría es que si te hundís en el mar del dolor y el sufrimiento, ¿cómo levantás la cabeza? Tengo una única visión: «muero» por escuchar una vez más a mis hijos llamarme: «Mamá». Y le digo a la gente de acá: si tienen chicos que les dicen «Papá» y «Mamá», díganle gracias a D´s porque muchas madres «morirían» por ello… A toda persona que atraviesa una crisis le digo: Podés levantarte, hay esperanza… El hombre debe aprender a encender su alma… Las velas de Jánuca se prenden enseguida, pero a veces debés encender tu alma porque está lastimada…

– ¿Eso se trabaja?

– Sí, y les enseño cómo enciendo mi alma cuando estoy «bajoneada», que es muchas veces… ¿Saben lo que es ir al monte Herzl y decidir a cuál de tus hijos «abrazar» primero? Los dos están (enterrados uno al lado del otro,) juntos, pero solo puedo abrazar a uno… Y cuando suena la sirena en Iom Hazicarón puedo pararme al lado de (la tumba de) uno solo. Debo elegir… Es terrible, pero qué digo: que aprendí a encender mi alma en los momentos de bajón… ¿Cómo? Hago un cambio, pequeño: leo algo, o lo cuento, o me compro un helado de mil calorías, o pongo música y una pierna empieza a moverse y después la otra… Después de diez minutos es como una flor que quiere abrirse… El hombre debe aprender a abrir su alma y cada uno debe descubrir cómo lograrlo: el estudio, comprar ropa en un centro comercial, escuchar música… El alma lo está esperando, y es posible… Eso les digo. Una comunidad tan cálida y unida al Estado de Israel como ésta es fantástica. Si me preguntaran qué me emocionó más de estar aquí, es que ayer fui al lugar donde estaba la Embajada y todavía sentí la muerte y como el olor de la explosión; de ahí me fui a la AMIA, pero allí sentí la vida porque entré y en el salón (Auditorio) escuché que niños recibían el Sidur y cantaban en hebreo. En ese momento me dije: «¡Qué distancia hay desde Jerusalem, pero no en el corazón: los chicos de aquí hablan y cantan hebreo!». Hezbollah mató a mi hijo Uriel y Hamás a mi hijo Eliraz, pero nadie asesinó el espíritu del Pueblo de Israel. Nadie puede matar el canto y la recepción del Sidur por parte de chicos de Buenos Aires…
*Entrevista realizada por Iton Gadol durante la visita de Miriam Perez a Argentina