«Este año en Jerusalem», por Henrique Cymerman Benarroch

noticias

«Este año en Jerusalem», por Henrique Cymerman Benarroch

Durante mi infancia en la península ibérica, al otro lado del Mediterráneo, escuché decenas de veces la frase “El año que viene en Jerusalem”. Esa era una ciudad que, como tantas otras, nunca había visitado. Pero aquella era parte de mi vida cotidiana, de mi ADN. Hasta que llegó el día. En verano de 1975, a mis 16 años, y antes de partir hacia el Kibbutz Mishmar Ha’sharon como voluntario, mi familia de Herzlyia se ofreció a enseñarme la ciudad santa, y mi tía me llevó en su Wolkswagen “escarabajo”. A pesar de considerarme solamente tradicionalista, decidí llevarme una kipá en el bolsillo. Cuando ascendíamos las colinas hacia Jerusalem y vi los vehículos destruidos de la guerra de la Independencia de 1948, sentí como se intensificaban los latidos de mi corazón. Tenía entendido que la ciudad fue destruida y reconstruida 17 veces, y que había generado más pasiones a lo largo de la historia que cualquier otra ciudad del planeta. Lo curioso era que al cruzar las carreteras en dirección a la Ciudad Vieja, tenía una rara sensación de estar visitando algo que ya conocía.

Al pisar el kilómetro cuadrado más sagrado de la tierra –que muchos consideran un barril de pólvora-, recordé aquella frase del fundador de Israel, David Ben Gurion, que rezaba: “demasiada historia para tan poca geografía”. Como casi cada peregrino judío, me estremecí ante las piedras del “Kotel”, y aunque tan solo era un adolescente, entendí que la disputa por Jerusalem no se limita a bienes materiales, sino sobre todo sobre su memoria y su futuro. Al abandonar la ciudad, de vuelta a la zona de Tel Aviv, escuchamos a lo lejos una fuerte explosión. El terrorista Abu Sukkar perpetró un ataque con bomba con una nevera llena de explosivos. El atentado, ocurrido en pleno centro de la urbe, asesinó a 15 personas e hirió a más de 60 en pleno verano del 1975. En el trayecto de vuelta recordé el deseo que había escrito en el papelito que coloqué en el Muro de las Lamentaciones, y que por ahora continua sin cumplirse: “Ose Shalom Bimromav Hu Yaase Shalom Aleinu veal kol am Israel…” (Dios, que hace la paz en los cielos, traerá la paz sobre nosotros y sobre el pueblo de Israel).

VERANO 2000: CAMP DAVID
En verano del año 2000, israelíes y palestinos nunca habían estado tan cerca de firmar la paz. El presidente Bill Clinton, profundo conocedor de la problemática de Jerusalem, se sentó con líderes israelíes y palestinos con una Biblia sobre sus rodillas, e intentó lograr un acuerdo político definitivo al conflicto por la ciudad santa. En una de las últimas sesiones, Shlomo Ben Ami, ministro de exteriores israelí, se dirigió al líder palestino Yasser Arafat, y le dijo: “si decidiéramos aceptar la soberanía palestina sobre el Monte del Templo, a cambio de que ustedes se comprometiesen en no excavar bajo tierra y dejar para la posteridad lo que puede ser nuestro patrimonio del antiguo templo de Jerusalem, ¿Qué dirían ustedes?”. Clinton miró con sorpresa y Arafat contestó una respuesta inesperada: “El Templo nunca existió en Jerusalem, en realidad estaba ubicado en Nablus”. La declaración, que dejó a israelíes y norteamericanos estupefactos, pretendía borrar toda conexión judía con la ciudad de Jerusalem, haciendo eclipsar 3000 años de historia desde que el Rey David proclamara la ciudad como capital del Reino de Israel en el año 1.003 aC. Como quedó patente en las frustradas negociaciones, cuando se habla de Jerusalem no solamente se alza la vista al cielo, sino que se discute también sobre subsuelo. Los futuros diálogos entre las partes enfrentadas sobre la ciudad santa están destinadas a ser más apasionadas si cabe que todas las negociaciones ocurridas hasta la fecha.
Es preciso recordar que en 700 años de gobierno árabe, 400 de turco musulmán y 19 de jordano-palestino, Jerusalem nunca fue capital de ningún imperio o país. Y más aún: si en la guerra de los 6 días de 1967, el Reino de Jordania no se hubiera unido a Egipto y a Siria en la lucha contra Israel, la Ciudad Vieja todavía estaría en manos árabes.

VERANO 2011: GIVAT HATAJMOSHET
Diez generales y coroneles jordanos y diez altos oficiales israelíes, que décadas antes se mataron mutuamente lanzándose granadas y disparando en una de las batallas más encarnizadas de la Guerra de los 6 días, se dieron las manos, se miraron a los ojos, y recordaron a los muertos de ambos bandos. Ante el temor a la oposición en los dos lados, el emotivo acto fue filmado, pero las imágenes y los nombres de los militares jordanos, uno de ellos vicejefe del estado mayor del ejército, nunca fueron difundidas. Yigal Tamir tenía poco más de 20 años y concluyó su servicio militar como paracaidista tres meses antes de la guerra. Con el inicio de la disputa, fue llamado como reservista. Participó en un combate de 5 horas en la madrugada del 6 de junio del 1967, en el que también sintió envejecer a marchas forzadas y cambió su forma de ver el mundo.
Durante la ceremonia no faltaron momentos tensos: por ejemplo, cuando uno de los oficiales israelíes relató una batalla contra la legión jordana que había encabezado años antes, y uno de sus homólogos jordanos replicó: “allí murió mi padre”. El momento álgido del acto fue cuando un general de cada país, que combatieron en esa misma colina, leyeron los nombres de los 22 soldados israelíes y 71 jordanos caídos en aquel combate. “En ese momento, decidí dedicar mi vida a luchar por la paz en Jerusalem y en Israel. Comprendí que incluso los enemigos más encarnecidos pueden convertirse en socios”, dijo Tamir. El poeta israelí Haim Guri, que encabezaba una unidad de veteranos desplazada a la colina tras la reyerta, enterró con sus hombres los cuerpos de los militares jordanos que habían quedado en el terreno y erigió un monumento improvisado dónde escribió: “aquí están enterrados 17 valientes legionarios jordanos. 7 de junio de 1967. Firmado: Tsahal (ejército israelí)”. Guri leyó en hebreo su poema “Aquí están sepultados nuestros cuerpos”, y luego fue leído en árabe por un ex militar jordano. Cuando éste último volvió a Ammán, fue atacado por un grupo de jóvenes radicales por haber participado en la ceremonia. No obstante, él continuó con su labor para estrechar lazos con Israel. Al final de la ceremonia, Yael Yedidia, viuda de uno de los jóvenes soldados hebreos, acudió a uno de los oficiales jordanos, y le contó su historia. Él le agarró la mano, y le dijo: “lo siento, lo siento tanto”.

CENTRO ESPIRITUAL Y NACIONAL DEL PUEBLO JUDÍO
Hace ya casi tres milenios, el profeta Isaías hizo referencia a la Jerusalem de los cielos, contrariamente a la Jerusalem terrenal, la que vive una compleja realidad, pero que nunca dejó de ser el centro del mundo para parte de la humanidad, entre ella el judaísmo y los judíos. Para los judíos Jerusalem no se limita a una cuestión religiosa, sino que además conforma un elemento clave de carácter nacional. De las mas de 800.000 personas que la habitan en la actualidad, más de medio millón son judíos. Su alcalde, Nir Barkat, recuerda que este es el grupo mayoritario de la ciudad desde hace un siglo y medio y que “Yerushalaim nunca fue capital, ni siquiera provincial, bajo ningún imperio, incluido el del Islam”. De los 193 Estados soberanos representados en la ONU, Israel es el único al que se pone en duda el derecho a decidir la sede de su capital.
Cuando se pasea por la ciudad vieja de Jerusalem y se ve los miles de judíos, musulmanes y cristianos acudiendo a sus lugares de rezo, así como a las hordas de turistas que la visitan, es difícil de imaginar que en el trasfondo pervive un conflicto que dura ya décadas. Eli Wiesel, el reconocido premio Nobel de la Paz y sobreviviente del Holocausto recientemente fallecido, dijo años atrás que para él, como judío, “Jerusalem está más allá de la política”. Según recuerda, la ciudad está mencionada más de 600 veces en las sagradas escrituras judías. Cuando se preguntaba a sí mismo si existe solución a la disputa, replica tajantemente: “debe haberla. La habrá”. Nadie puede abstenerse de visualizar las tensiones existentes entre los dos pueblos enfrentados, lo que no está claro es si el status político de la ciudad será resuelto en un futuro cercano. En cualquier caso, Jerusalem no deberá volver a ser dividida como hace medio siglo, cuando los judíos no tenían permitido el acceso a sus lugares sagrados. Por el bien común, el interés es que sea una ciudad abierta y tolerante. Se trata de una ciudad con un potencial enorme, en la que para que una generación del desierto no se sume a otra, habría que continuar avanzando, desarrollando la ciudad para el beneficio de todos sus habitantes, y de al menos la mitad de la humanidad, que considera este lugar como el centro del mundo. Algunos expertos proponen separar el debate sobre el futuro geopolítico de la ciudad del desarrollo y prosperidad de la misma. Para Wiesel, Jerusalem “debe continuar siendo la capital espiritual judía del mundo, no un símbolo de angustia y amargura, sino un símbolo de confianza y esperanza. Jerusalem es el corazón de nuestro corazón, es el alma de nuestra alma”.

Un poco más de la mitad de los judíos de la diáspora en el mundo continúan viviendo fuera de Israel, y la creciente asimilación que se produce en las principales comunidades de los cinco continentes es la principal amenaza para la persistencia del pueblo judío. Yishayahu Berlín, influyente pensador judío del s.XX, declaró una vez que un pueblo en minoría nunca puede desarrollar realmente el potencial interno. Eso fue lo que llevó a aquel joven de 16 años a abandonar a su familia y trasladarse a Israel. Sin embargo, los nexos con el pueblo judío en el mundo continúan siendo una prioridad para todo aquel que le preocupa el futuro de este pueblo, uno de los más antiguos del planeta. Por eso, hay que pensar en el futuro y no solamente en el pasado. Una de las posibles ideas para multiplicar y reforzar los vínculos entre Israel y la diáspora podría ser la futura creación de un parlamento judío, un senado al lado de la Knesset de Israel, en el que las comunidades judías de todo el mundo estén representadas y se decidan temas que vinculan a todos los miembros que lo deseen, en ámbitos como la educación judía, la formación de liderazgos, la lucha contra la asimilación, la religión en todas sus corrientes, y la cultura judía. Y quizás así podamos decir: «Este año en JERUSALEM».

El satírico Efraim Kishon decía que Israel es el único país del mundo que no solamente cree en milagros, sino que se basa en ellos. Esta frase refleja mejor que nada la historia de Jerusalem.

*Prólogo de Henrique Cymerman Benarroch – periodista y profesor universitario – para el Libro Continuidad. Tomo II. “Jerusalem: 10 miradas y 100 imágenes”