El desafío de recuperar la utopía

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El desafío de recuperar la utopía

Por Ariel Cohen Imach | Director del Consejo Central de Educación Judía de la República Argentina (Vaad Hajinuj), de AMIA

Se cuenta que en una ocasión, allá por 1896, el Ministro de Instrucción Pública de Francia, sacando su reloj de bolsillo, afirmó que a esa hora, todos los alumnos de 5º grado de Francia estaban leyendo el canto sexto de La Eneida. Esta anécdota constituye un reflejo del ideal de uniformidad que era el rasgo distintivo de los sistemas educativos surgidos a partir de la consolidación del Estado Moderno. La uniformidad buscada conscientemente arraiga en una concepción que ve a la sociedad como impuesta a los individuos que la componen, y a éstos como absolutamente maleables. Si es efectiva, la educación producirá ciudadanos y trabajadores funcionales a las necesidades de la sociedad. Y para que sea “efectiva”, la educación tiene que estar en mano de una institución especializada, que obviamente es la escuela.

Acompañaba a esta visión del hombre una pretensión de universalidad. Todos eran considerados educables, es decir, pasibles de ser diseñados a imagen y semejanza de la sociedad, y a la vez capaces de aprender los mismos contenidos a un mismo tiempo y por medio de idénticos procedimientos. He aquí las dos caras de la moneda: el individuo y su particularidad son prácticamente borrados en un sistema diseñado para trabajar con uniformidad absoluta; y junto con ello, el hombre (cada hombre) es plenamente capaz de aprender todo. Infinita potencialidad con diversidad nula.

No es necesario enfatizar cuán lejos de este modelo se encuentra nuestra percepción actual de la educación. La creencia de que todos pueden aprender todo se hace añicos en nuestra posmodernidad que –además- cuestiona el rol de la escuela y su capacidad de responder al desafío de educar. Nos queda claro que no todos aprenden al mismo ritmo ni por los mismos procedimientos, y la potencia que se atribuía a la escuela en la modernidad evidentemente ha mermado en nuestro mundo globalizado. La globalización implica interminables flujos de información, saberes que circulan por fuera de la escuela y los libros, disimulando o directamente borrando las fronteras entre el saber académico y el saber común. La escuela, que monopolizaba la función social de la transmisión del saber, ahora ve invadidas sus fronteras y deslegitimada su autoridad por la apabullante disponibilidad de saberes por fuera de ella y de los docentes. La distancia entre la cultura y el conocimiento de la escuela y la cultura y el conocimiento de los medios, de las nuevas tecnologías y de la vida cotidiana en general crece a pasos descontrolados.

La educación, en este contexto, enfrenta hoy dos grandes desafíos. Uno es obvio y seguramente no le pasa desapercibido a nadie. La escuela tiene que hacer el esfuerzo permanente por establecer contacto con los niños, que ya no vienen a ella como “tabula rasa”, sino imbuidos de cantidades de conocimientos que fluyen fuera de la institución escolar. La escuela tiene que esforzarse por atender efectivamente la diversidad. Diferentes alumnos necesitan tiempos y estrategias diversos para aprender, y seguramente la selección de contenidos debe ser distinta en un mundo que ofrece tanto conocimiento disponible. Si bien es un desafío difícil e infinitamente complejo, no se me ocurre que otra institución que no sea la escolar esté mejor preparada para abordarlo.

El segundo desafío es menos obvio. Creo que la escuela tiene que recuperar la utopía de la universalidad, tan desdibujada hoy. La utopía de que todos somos capaces de aprender, obviamente por medios diversos y personalizados. La escuela típica de la Modernidad se hizo añicos, pero necesitamos recuperar la esperanza y el optimismo que la animaban en cuanto a la fe en la educabilidad de todos. La fórmula hoy debería ser “infinita potencialidad con infinita diversidad”.

Somos hijos de una tradición que afirma que cada ser humano es tan importante, tan infinitamente valioso, como la humanidad toda. Para enfatizar ese valor es que D’s creó al comienzo un solo hombre. “Y para enseñar la Grandeza de D’s –continúa diciendo la Mishná-, pues un hombre acuña monedas con un mismo molde y todas son iguales, pero D’s crea a cada persona con el molde de Adam y sin embargo nadie es idéntico a su prójimo.”

D’s Se engrandece creando diversidad, y la respuesta que se espera de cada uno de nosotros es desarrollar y elevar a su máxima expresión esa chispa de infinita potencialidad que es nuestra individualidad irrepetible. La escuela de nuestros tiempos debe estimular a cada niño a desarrollar plenamente su potencial, para enriquecer al mundo con aquello que sólo la personalidad irrepetible de ese niño puede brindar.

La capacidad de obtener de cada individuo lo mejor que puede dar, el estímulo para crear y desarrollar elementos nuevos y extraordinariamente útiles, son algunas de las características de la sociedad israelí actual. Una “Start Up Nation” no brota de otra fuerza que la creatividad de las personas estimulada socialmente. Un Estado que hizo del desierto un vergel, que creó universidades, tecnologías e inventos inspiradores, puede sr un referente de optimismo, perseverancia y esperanza. Justamente son ésos los insumos que necesitamos en este punto de inflexión que atraviesa la educación. Hoy se requiere más que nunca educar con fe y esperanza en que la potencialidad oculta en cada niño efectivamente puede emerger a la superficie.