No todo es lo que parece.

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No todo es lo que parece.

De lo particular a lo universal, la experiencia de repensar lo evidente. Por Simja Dujov*

“Visto de cerca nadie es normal” entona Caetano Veloso en una de sus canciones más célebres.  Como ya nos tiene acostumbrado este artista brasilero y universal, en una frase nos sintetiza dos miradas. Por un lado, de una manera tácita, habla de nuestros propios prejuicios, de la complejidad de ideas y pensamientos que tenemos cuando nos acercamos a algo nuevo, a algo que aún no conocemos. Por otro lado nos muestra que, de cierta forma, prejuicios y distancias parecen ser directamente proporcionales. Y en ese verso musical nos invita a acortar la distancia entre nuestros preconceptos y la complejidad del otro. La normalidad es sólo una idea consensuada, pero si tomamos ese consenso como la única realidad, nos alejamos de otros tantos mundos posibles.

Pero no sólo eso nos dice Caetano en esta frase que parece sencilla a simple vista. Cada vez que canta parece que también se estuviera cantado a sí mismo. Como pensando en voz alta, dándose consejos, nos interpela con su voz y también él se cuestiona. Nos invita a dar un paso más en esa práctica de siglos y siglos que nos han enseñando los talmudistas. La práctica de cuestionarnos lo evidente o, mejor aún, lo que parece evidente. Cuando se estudia la Parashá de la semana, año tras año, nos adentramos en el ejercicio de aprender y discutir una historia que ya leímos el año anterior, pero cada vez surgen nuevos interrogantes, por el sólo hecho de que cuando leemos nos leemos a nosotros mismos, como personas y como sociedad.

El año pasado la noticia de que el Premio Nobel de Literatura fue para Bob Dylan generó polémica en el ámbito cultural. Desde el sector más conservador que insistía en que Dylan es músico y no escritor, defendiendo una idea estanca de la literatura como si la tradición no fuese algo que se crea y recrea constantemente, hasta el sector que lo reivindica como un creador de mensaje, más allá de si es música o poesía. El propio Dylan se encargó de desmitificar ambas posturas diciendo “Lo que más puedo esperar es cantar lo que pienso, no soy una persona con mensaje. Mis canciones no son más que un diálogo conmigo mismo”. En esa frase que parece esquiva de sus décadas de canciones con fuerte contenido y que influenciaron a varias generaciones, este artista, cantautor, músico, escritor, entre tantas otras cosas, no hace más que profundizar su rol de polemicista, de cuestionador de lo evidente.

Es curioso el recorrido que tiene una canción desde su génesis en la mente o el piano de un músico, hasta que llega a ser escuchada por la audiencia. En un segundo surge una pequeña idea, una frase que nos llama la atención, una combinación de notas, una melodía en la guitarra que nos recuerdan a la infancia, cualquiera de esos impulsos que llaman inspiración. De esa idea surgen preguntas que se responden con versos, surgen dudas que se llenan con melodías y acordes y, muchas veces sin querer, esa idea original tan sencilla devino en una sucesión de estrofas donde se desarrollan los matices de un pensamiento personal, que resultan en una canción. Esa misma canción es la que se, luego de grabarse y reproducirse en la radio, en internet o en un concierto, llega a oídos de otras personas que tienen historias propias, maneras únicas de interpretar lo que reciben, esa combinación de palabras y música toca la fibra sensible de cada uno despertando un mundo entero de imágenes. Recuerdo en un concierto acústico que el Chango Spasiuk tocó una canción solamente con el acordeón. Según contó, era una canción muy vieja que hacía tiempo no tocaba. Una señora del público muy emocionada le dijo “Changuito, esa canción es hermosa, me recuerda a mi infancia en mi pueblo, el aire fresco de la mañana en el campo, y el sonido de los animales, gracias por traerme este recuerdo¨. A lo que el músico muy respetuosamente respondió obviamente agradeciendo y contando que esa canción la había compuesto en una gira inspirado por una conversación que había tenido y que para él representaba un momento de distensión entre amigos. Que celebraba todas las imágenes que despertaba en la señora esa música pero que él aprendió con el tiempo que cada canción genera efectos diferentes en la subjetividad de cada uno y ese es justamente su poder.

Si cada persona explicara cuáles son las imágenes que le vienen a la mente y los que les trae escuchar Hava Nagila o Yerushalaim Shel Zahav, es muy probable que surjan experiencias y relatos tan disímiles y ricos que serían dignos de escribir una historia con cada uno de ellos.

Ese recorrido de una canción que va de lo particular a lo universal, de la experiencia individual de un artista a la experiencia colectiva de una sociedad, nos recuerda mucho a las enseñanzas talmúdicas. A la riqueza de leer, releer e interpretar una misma historias desde tnatas diferentes subjetividades.

Tanto Caetano Veloso como Bob Dylan cantan para cuestionarse, para preguntarse a sí mismos. Y cuando se hablan para sí, también nos hablan a nosotros. Desde sus canciones nos invitan a acercarnos a nosotros mismos, a nuestras propias preguntas y desde allí acercarnos a los otros. A tratar de entender nuestra propia complejidad y tomarlo como punto de partida para entender que desde lejos nuestro prejuicios de agrandan. La música puede ser la razón o una simple excusa para permitirnos reflexionar sobre quiénes somos. La música, sea lo que sea, bienvenida es si nos acerca.

 

*Simja Dujov es músico y productor. En su trabajo, que recorrió los cinco continentes, fusiona música judía y latinoamericana para conectar comunidades alrededor del mundo. Participó en festivales en Estados Unidos, Canadá, Francia, Inglaterra, Bélgica, Sudáfrica, China, Alemania, España, Brasil, Nueva Caledonia, México, Chile y Argentina.

Fue elegido por NRG Israel como la nueva cara de la Diáspora en Latinoamérica. Fue invitado a grabar un disco en China, donde combinó música argentina con música tradicional oriental, convirtiéndose en fenómeno viral en China. Dio charlas en TEDx Rio de La Plata, Limmud en Sudáfrica, México, Toronto y Montreal y en Bnai Brith en Estados Unidos.

También realiza actividades de desarrollo social desde la música en Canadá, Sudáfrica y Argentina.