Miriam Peretz: representante del amor, la esperanza y unidad de nuestro Pueblo.

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Miriam Peretz: representante del amor, la esperanza y unidad de nuestro Pueblo.

Miriam Peretz se convirtió en un símbolo de Israel, sin decidir serlo. Luego de perder a dos de sus hijos en batalla, que cayeron defendiendo al Estado de Israel, ella viaja por el mundo compartiendo su vida. Su historia de resiliencia, amor y compromiso, genera en quien la escucha una fortaleza que pocos logran. Miriam representa nuestra unidad, sacrificio y esperanza como Pueblo. Representa, como dijo el Primer Ministro Netanyahu, “la capacidad de darnos un mañana”.

El 19 de abril de 2018 Miriam Peretz recibió el “Prize Israel”, el reconocimiento más importante que entrega el Estado de Israel a personalidades destacadas que demostraron excelencia en su área o han contribuido mucho a la cultura israelí. A continuación compartimos el emocionante discurso que nos regaló el día de la ceremonia.

“Señor presidente del Estado, señor Primer Ministro, respetable Presidente de la Knesset, señora presidente de la Suprema Corte de Justicia, señor Ministro de Educación, señor Intendente de la Municipalidad de Jerusalem, amigos ganadores del Premio de Israel, respetable público:

Me siento impotente y emocionada por estar hoy aquí y hablarles en nombre de los premiados. Rezo para que no sufrir obstáculos en mis palabras y para que mi lenguaje simple exprese correctamente nuestro profundo agradecimiento al Estado de Israel, que nos ha encontrado dignos de recibir este premio, y a nuestros familiares y amigos más cercanos, que nos han apoyado y nos animaron a lo largo de todo el camino.

Entre el público aquí presente, hay algunos seres queridos y amados que no logarán vernos en esta ocasión tan especial. Dos de ellos son mis padres, Jacob e Ito Ohayon, que nacieron al pie de las montañas del Atlas en Marruecos. Ellos eran analfabetos y no hablaban hebrero. Si mis padres estuviesen sentados hoy aquí, apenas comprenderían algunas palabras. Palabras que para ellos eran códigos: Jerusalem, Shalom, Torá y gracias.

Cada noche mi padre me contaba sobre una ciudad que no conocía, ni había visto en fotografías, basada en la descripción transmitida de padres a hijos. Una Ierushalaim sembrada de árboles que goteaban miel y leche, y en los que descansaban leones y corderos. Cada vez que mi padre pronunciaba la palabra ‘Jerusalem’, sus labios murmuraban con santidad, y besaba sus dedos en sus labios, bendiciendo cada una de sus letras.

Un día del verano de 1963 mi padre anunció que esa noche el Mesías llegaría a nuestra casa. Yo le pregunté cómo lo reconocería, y él respondió: “llevará una camisa abierta, pantalones cortos y sandalias”. Esa noche me encontré con el Mesías: un emisario de la Agencia Judía que nos sacó de Mallah, en Casablanca, donde viví hasta los 10 años, y nos llevó a Jerusalem, al campo de Hatzerim en Beer Sheva, donde viví hasta 1969. Allí no teníamos gas ni refrigerador, las camas eran de hierro y teníamos dificultades con el proceso de absorción y el nuevo lenguaje, pero también nos inundaba una enorme alegría por el privilegio de haber llegado a Eretz Israel.

En mi casa no teníamos libros, así que aprendí a amar y a conocer Israel a través de las canciones que escuchaba en la radio que mi padre había recibido por su trabajo barriendo calles. Todos los miércoles esperaba ansiosa en la entrada de nuestro bloque, con un cuaderno y un lápiz en mis manos, preparada para escribir las letras de las poesías enseñadas por Effi Netzer en su programa. Así conocí el Monte Hermón a través del “Reino de Hermón”, Belén a través de “Mira, Rachel, Mira”, el valle de Jezreel a través del “Canto del Valle”. Pero fue una canción la que se grabó a fuego en mi memoria: un poema de Natan Alterman, que comienza con las palabras “En las montañas el sol ya se agita”. Una línea del estribillo de la poesía hizo eco en mi cabeza y no me soltaba: “¿Qué más no te dieron y te darán?”. Incluso entonces, de niña, sentía que no había hecho nada por mi país.

Vine a la tierra preparada, pero no sabía que algún día iría a entregarle a mi país mi más preciado: mis hijos Uriel y Eliraz. Pero la tierra no se construye únicamente con dolor y lágrimas, también implica trabajo duro y entrega sostenida a lo largo de los años. Me siento orgullosa de pertenecer a un grupo que eligió dedicarse a la educación bajo la creencia de que ésta es la manera de superar el analfabetismo y la pobreza, y bajo el entendimiento de que la educación abre oportunidades para la autorealización y el desarrollo personal, así como ocurrió conmigo. En la práctica educativa traje conmigo los valores que había mamado de mis padres. Esas fueron también las bases sobre las que crié, junto a mi esposo Elizer (Z”L) a nuestros seis hijos, Uriel, Eliraz, Hadas, Avihay, Eliasaf y Bat-El.

Respetables señores, yo estoy aquí delante de ustedes, sintiendo vergüenza frente a mis colegas, personas distinguidas que crearon, escribieron, investigaron e inventaron. Personas de visión y acción, personas de fe. Yo me siento poco. No he creado, no puedo señalar un descubrimiento propio o una fórmula que haya resuelto. Tengo un corazón tres veces roto: por terrible anuncio de la muerte de mi hijo mayor Uriel en el sur del Líbano, por la muerte, por angustia y con el corazón roto, de mi esposo y por la muerte de Eliraz en Gaza. Con este corazón he salido a mi pueblo con palabras simples. Con un corazón roto hablé sobre esta tierra y su patrimonio, sobre la elección del bien, la alegría, la adhesión a la vida, la responsabilidad y la participación social. Y desde este corazón que late con fe en este país y en esta Nación, desde las profundidades del dolor, han fluido fuentes de amor.

Cuando el corazón está lleno de fe, puede soportar desafíos difíciles, puede crear grandes obras, esa es mi creatividad. Está plantando en los corazones. Convertí mi pena en una nueva melodía. De modo que cada uno de los que está sentado sobre este distinguido escenario, todos y cada uno, en el latido de su corazón, en su propio ritmo, cada uno con el paisaje del lugar de su nacimiento y formación, cada uno con su propia Jerusalem. Todos con las fuentes de su creación. Entre los destinatarios del Premio hay quienes han experimentado la pérdida y sin embargo su espíritu no está roto, continúan actuando en la sociedad. Cada uno en su camino para hacer una sociedad mejor, y no solamente por tu propio bien, sino por el Estado de Israel, para su desarrollo y fortalecimiento en los diversos rubros humanos existentes.

Tuve el privilegio de encontrarme con la diversidad de la sociedad israelí. Reuniones cara a cara. Encuentros desgarradores que me permitieron entrar en nuevos pensamientos y comprensiones. Sería feliz si saliésemos todos a conocer dicha diversidad, así podremos saber, sentir y ver otros ojos dolorosos o felices. Escucharíamos, incluso si hubiera abismos entre nosotros, porque allí podemos construir puentes, si descubrimos que el terreno común entre nosotros es mayor que aquél que nos divide. Todos queremos vivir en esta tierra, todos queremos paz. Esta es la casa de todos nosotros y no hay exclusividad. No hay exclusividad de un lado para amar al país y a su gente. Todos queremos ganar para ver a nuestros nietos construir sus hogares aquí, paseando por el país con seguridad y disfrutando de sus vistas. Todos esperamos ver una sociedad ejemplar, guiada por el espíritu de los profetas visionarios de Israel y por dicha fuerza, todos somos responsables por los valores y el futuro de nuestro hogar.

No nos vamos a quedar de brazos cruzados en este rompecabezas. El Estado de Israel tiene lugar para todo el mundo, para todo el espectro de colores. Si no, se perdería una parte de la imagen del rompecabezas y ya no estaría completo. No quiero renunciar a ninguna parte de mi Pueblo. Incluso si los trabajos del montaje se extendiesen, no me daré por vencida. Para tener éxito en la creación de un mosaico hay que respetar a todos en nuestros discursos, hay que crear un diálogo moderado, paciente, que permita la expresión de la opinión, sin miedo y ni amenazas, donde haya espacio para el perdón y la absolución. Un discurso que fuerce nuestro compromiso de amor humano, ya que el hombre fue creado a imagen de D’s. Un diálogo que respete nuestra herencia de luz y esperanza y no se concentre solo en la oscuridad. En las palabras de los salmistas de Israel, “¿qué es el hombre que desea la vida?, quien retiene su lengua al mal y sus labios de engaño saca el mal, y haz el bien, busca la paz y síguela. Esta es la teoría de la vida.” Todos vamos a elegir un camino que resalte lo bueno y nuestra luz, como yo escogí llevar los valores de mis hijos Uriel y Eliraz y sus amigos. Los valores de la amistad y la camaradería son una luz de guía, y el llamado de “hermano” a cada uno de esos miembros también es mi llamada. Somos hermanos. Y como lo ha escrito mi hijo Uriel… “con una serie de espinas y plantas que entraron en mi cuerpo se puede hacer un tejido de un metro, pero no son simples espinas, son las espinas de la Tierra de Israel. Prefiero las espinas de mi país a todas las flores del mundo”.

Distinguidos invitados, fuimos testigos del renacimiento del país y su prosperidad, ahora, que cumplimos 70 años de nuestra misión en descubrir las luces que están ocultas a lo largo de la unidad suprema de todas las tribus de Israel. Como las palabras del poema de Bialik a los voluntarios del pueblo: “Revelen la luz, descubran la luz, y si las montañas soplasen, nos apilaremos, ya que no todas las chispas se apagaran. Desde las montañas veremos la llama de las muchas luces, oh hijo de los Macabeos, ponte de pie contigo, construye una generación, revela la luz.” Revelemos la luz. Feliz fiesta de la Independencia”.