Jerusalem, a ti te llamarán “mi amada” (i), por Ariel Cohen Imach

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Jerusalem, a ti te llamarán “mi amada” (i), por Ariel Cohen Imach

I
Abram
“Shalem”, escenario de confraternidad
En mi casa se respiraba una mezcla de emoción, ansiedad y alegría. Era tal la avidez de información, de no perder siquiera un detalle, que yo, un niño de 10 años que no solía abrir el diario más que para consultar de tanto en tanto la sección deportiva, en aquella ocasión leí la sección política con total atención. Aquel fin de semana de 1977, Anwar Sadat se convertiría en el primer mandatario de un país árabe que visitaba el parlamento israelí, iniciando un proceso de conversaciones de paz que derivarían en el Tratado de Camp David.
Mis padres habían visto nacer al Estado de Israel. Habían acompañado sus primeras décadas, aplaudido sus logros, sufrido la angustia previa a la Guerra de los Seis Días cuando la misma existencia del Estado estaba en juego. En 1977, con Sadat visitando la Knéset, su solo semblante transmitía una emoción contagiosa.
Recuerdo que el diario La Nación, presagiando la histórica llegada del presidente egipcio a Jerusalem, incluía un recuadro con los principales acontecimientos célebres de los que la consagrada ciudad fue testigo. Entre ellos se mencionaba el episodio bíblico narrado en el capítulo 14 del Génesis, cuando Abraham –más precisamente Abram, como se llamaba entonces- fue recibido con pan y vino por Malki-Tzédek, “rey de Shalem”. La tradición enseña que Shalem era el antiguo nombre de Jerusalem. Abram volvía de una peligrosa misión en la que, arriesgando su vida, había logrado rescatar del cautiverio a su sobrino Lot y a sus vecinos de Sodoma. El tiempo inmemorial al que remite ese encuentro entre Malki-Tzédek y Abram se comprende más enfáticamente en la tradición midráshica en que el rey Malki-Tzédek –que es llamado en la Torá “sacerdote del D’s Altísimo”, rótulo de connotación monoteísta- es identificado ni más ni menos que con Sem, el hijo de Nóaj, es decir, un sobreviviente del Diluvio. Ya desde aquellos tiempos fundacionales, Jerusalem resulta ser –como en el siglo XX- un acogedor refugio de sobrevivientes.
La breve referencia de La Nación a aquel misterioso encuentro en que Jerusalem fue escenario de amistad y diálogo entre el hospitalario Malki-Tzédek y el generoso Abram (que entregó al sacerdote el diezmo de toda su riqueza), es el más remoto recuerdo extraescolar de Jerusalem que guardo hasta hoy. Le seguiría, más tarde, alguna crónica televisiva de la recepción a Sadat, que mi familia y yo seguimos con emoción.
Tanto en la milenaria historia de nuestro pueblo como en mi memoria personal, Jerusalem se instalaba como lugar de armoniosa fraternidad.

II
Los Profetas
“Ariel”, el llamado de la ética y la espiritualidad
En algún otro momento de mi infancia Jerusalem volvió a hacerse presente en mi conciencia de un modo personal y profundo. “Ay, Ariel, Ariel, ciudad donde acampó David”(ii), clamaba el sufrido profeta Isaías en una Jerusalem donde el egoísmo y la lujuria hacían brotar el germen de su destrucción. No recuerdo si fue mi padre -de bendita memoria- o mi madre –que larga vida tenga- quien recitó solemnemente en hebreo las palabras de Isaías en alguna ocasión cuyos detalles también escapan a mi memoria. Quizá fuera después de una travesura. La frase de Isaías, después de todo, es un grito de reproche y desilusión.
Para mí, más que un reproche, resultó ser casi un título honorífico. Jerusalem no sólo anidaba en mi corazón, sino que también engalanaba mi nombre. Aun en días aciagos de decepción y desesperanza, el profeta llamaba a Jerusalem “Ariel”, un nombre que remite simultáneamente a la fortaleza del león y a la espiritualidad del Santuario. Un bello nombre para alguien que nació en el año de la reunificación de Jerusalem, cuando el pueblo de Israel –parafraseando a Borges- emergía del fragor de la batalla “hermoso como un león al mediodía”.
En la era de los Profetas, como también hacia fines de mi infancia, Jerusalem ya no era simplemente “Shalem” –un nombre que evoca paz y plenitud-, sino también “Ariel”, la exigencia existencial de equiparar fuerza con espiritualidad, de que la ética no se diluya en la euforia de la victoria y el éxito.

III
El retorno
“Sión”, aires frescos de estudio y reconstrucción
“Cuando D’s hizo tornar el cautiverio de Sión, era como si soñáramos.
Nuestra boca se llenó de júbilo y nuestra lengua de alegría…
Los que siembran con lágrimas, con alegría han de cosechar.” (iii)
El retorno a Sión constituye la feliz realización de un sueño. La reconstrucción es la bella cosecha que abreva en la fértil siembra de lágrimas de sufrimiento, de esforzada continuidad, de fidelidad profunda a una tierra lejana.
En Israel, el sueño de la paz volvía a hacerse tangible. Parecía que, por fin, la siembra de entendimiento y de diálogo daba frutos definitivos. En 1993 y 1994 Israel arribaba a acuerdos de paz con los palestinos y con Jordania. Tuve el privilegio de vivir esos momentos en la añorada y querida Jerusalem, que fue mi hogar durante dos años maravillosos que fueron para mí como un sueño.
Tenía 25 años, estaba recién casado, y tuve el privilegio de estudiar en el programa “Amitei Ierushaláim” (“Amigos de Jerusalem”) junto con educadores de Israel, Estados Unidos, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y Rusia. Jerusalem volvía a ser –esta vez para mí personalmente- el lugar del encuentro enriquecedor y del diálogo constructivo.
El retorno a Israel de los exiliados de Babilonia generó una floreciente época en que el estudio, la profundización, la creatividad y la convivencia afectuosa en el disenso forjaron los cimientos de la monumental edificación talmúdica. Ahora Jerusalem era “Sión”, un nombre que evoca los “vientos” que trasladaron al pueblo judío de vuelta a su tierra, pero también aires de poesía –no en vano los Salmos hablan de “Sión” más que de “Jerusalem”- y la frescura y el vuelo del pensamiento creativo y renovado.
También para mí, Ariel, hijo de Sión, aquel regreso soñado a Jerusalem significó convertirla en mi hogar, casa de estudio esforzado, fecundo y enriquecedor. Esta vez, me gradué de “amigo de Jerusalem”.

IV
“La Ciudad que todos anhelan” (iv)
“No sé si ustedes comprenden la magnitud de lo que están viviendo. Si alguien hubiera dicho hace 70 años a sus abuelos o bisabuelos que habría un Estado de Israel, que organizaría un Jidón Tanaj (Concurso Bíblico), que nuclearía en Jerusalem a 30 personas de la Diáspora para esta competencia en esta sala bella, majestuosa, se habrían reído. Es un verdadero milagro.”
Éstas son las palabras que pronuncia Abshalom Kor, el conductor del evento del Concurso Bíblico, cuando hacemos el último ensayo en la imponente sala de Biniané Haumá, durante la festividad de Janucá, en diciembre de 2014. Inmediatamente pienso en mi abuelo Moisés, de quien heredé mi segundo nombre, amante del estudio del Tanaj, que habría sentido una profunda emoción ante un evento así.
Esta vez no se trata de la guerra de Abram contra los cuatro temibles reyes, cuando el rey Malki-Tzédek aplaudía su éxito. También quedaron lejanos en el tiempo el poderío militar del rey Uzías y sus memorables batallas, que desembocaron en la cultura del egoísmo y el materialismo que lloraba Isaías. Tampoco se trata de la Guerra de los Seis Días, donde Israel surgía cual poderoso león. En esta ocasión, la contienda es cultural: una competencia centrada en el estudio del Libro de los Libros, cuyo escenario no podía ser otro que Jerusalem, nuevamente lugar de encuentro, de compartir en confraternidad la pasión por el estudio de la Biblia. Me acompañan hermanos de todas las latitudes –no sólo de Europa, América e Israel, sino también de Sudáfrica, Australia, India- con quienes compartimos una hermosa semana de clases y paseos. Me acompañan generaciones, pues esta vez se encuentran en Jerusalem mi mamá, mi esposa y mis hijas.
Aprovecho, unos días más tarde, para visitar con mi familia un Centro de Absorción, de los muchos que financia el Keren Hayesod. Este Centro se encuentra en Jerusalem y alberga judíos etíopes. Uno de ellos nos cuenta las peripecias de la travesía de los judíos por los campos de Etiopía hasta llegar a la frontera con Sudán con la esperanza de viajar a la Tierra Prometida. Un viaje largo y riesgoso, en el cual a cada paso eran los pies los que rezaban el tradicional augurio: “El año que viene en Jerusalem”. ¿El etíope está contando una historia personal? Sí, pero simultáneamente está narrando la heroica gesta del milenario pueblo judío, una historia que trasciende tiempos y distancias.
La realidad supera a la ficción. Jerusalem anidó en el corazón de cientos de generaciones de judíos que no la conocían sino por el relato de sus padres. Un relato de añoranza, plegaria y pasión. Un relato de amor infinito y de inconmovible fidelidad.

 

[i] Isaías 62:4

[ii] Isaías 29:1.

[iii] Salmo 126.

[iv] Isaías 62:12.

 

*Artículo extraído del Libro Continuidad. Tomo II. “Jerusalem: 10 miradas y 100 imágenes”