“Hacia el 70 Aniversario de Israel”, por Julián Schvindlerman*

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“Hacia el 70 Aniversario de Israel”, por Julián Schvindlerman*

La saga de Israel comenzó cuando un príncipe egipcio y hebreo desafió a la autoridad gobernante al reclamar libertad para sus hermanos esclavizados, con las palabras: “Deja salir a mi pueblo”. Como se estipuló desde el cielo que ningún esclavo podría ingresar a la Tierra Prometida –de modo que sólo una generación de mujeres y hombres libres forjaran la nueva nación–, Moisés apenas pudo contemplar la tierra de la emancipación desde la distancia. Más de tres mil años después, aquella pequeña nación fundada bajo las inclemencias del desierto, los anhelos de la libertad y las promesas divinas todavía brilla bajo el mismo sol.

El misterio de la supervivencia judía ha intrigado a filósofos e historiadores por largo tiempo. En la edición de septiembre de 1899 de la revista Harper´s, el escritor estadounidense Mark Twain reflexionaba al respecto de este modo:

Los egipcios, los babilonios, los persas se levantaron, llenaron el planeta con sonido y esplendor, luego se desvanecieron al polvo de los sueños y pasaron; los griegos y los romanos siguieron e hicieron un ruido vasto, y se han ido; otros pueblos han surgido y sostenido su antorcha en lo alto por un tiempo, pero su antorcha finalmente se apagó, y ahora están en la penumbra o se han desvanecido. El judío los vio a todos, los venció a todos, y es ahora lo que siempre fue, sin exhibir decadencia, ni flaquezas propias de la edad, ni debilitamiento de sus partes, ni decaimiento de sus energías, ni embotamiento de su mente alerta y agresiva. Todas las cosas son mortales menos el judío: todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?

En el siglo previo, el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau había expresado similar asombro:

Los judíos nos presentan un espectáculo sorprendente: las leyes de Numa, Licurgo y Solón están muertas; las mucho más antiguas de Moisés aún están vivas. Atenas, Esparta y Roma han perecido y sus pueblos se han desvanecido; aunque destruida, Sión no ha perdido a sus hijos. Se mezclan entre las naciones pero no se pierden entre ellas. Ya no tienen a sus líderes, sin embargo son una nación. Ya no tienen un país, y sin embargo son todavía ciudadanos.

A su vez, durante la segunda mitad del siglo XX, el poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges celebraba con estas palabras el surgimiento del estado judío:

Temí que en Israel acecharía con dulzura insidiosa la nostalgia que las diásporas seculares acumularon como un triste tesoro en las ciudades del infiel, en las juderías, en los ocasos de la estepa, en los sueños, la nostalgia de aquellos que te anhelaron, Jerusalem, junto a las aguas de Babilonia, ¿Qué otra cosa eras, Israel, sino esa nostalgia, sino esa voluntad de salvar, entre las inconstantes formas del tiempo, tu viejo libro mágico, tus liturgias, tu soledad con Dios? No así. La más antigua de las naciones es también la más joven.

El destino de Israel es el destino del pueblo judío, y el enigma de ambos es único. De haber vivido lo suficiente para presenciar el establecimiento del estado judío en su tierra ancestral a mediados del siglo último, seguramente Twain y Rousseau hubieran estado igualmente sorprendidos con el acontecer increíble de ese pequeño país surgido en un Medio Oriente decidido a extirparlo cuando las cenizas del Holocausto europeo, arrastradas por los vientos de la historia, aún no habían dejado de caer sobre su tierra fecunda. Asediado militarmente desde su nacimiento, acosado por boicots económicos, privado de recursos naturales, desafiado diplomática y moralmente de manera constante incluso por países de Occidente… es difícil imaginar a muchos países sobrevivir y, más aún, progresar, en semejante entorno. Y sin embargo la historia del Israel moderno es una historia de superación y crecimiento formidables.

Ante las amenazas y los obstáculos que debieron enfrentar, siempre he encontrado loable el espíritu constructor de los pioneros sionistas, su afán creador, su inventiva. Y nunca dejaré de admirar su vocación colectiva para dar forma, en medio de guerras interminables, a una sociedad intelectualmente inquieta y culturalmente rica. Theodor Herzl, el fundador del sionismo político, había comprendido que la tierras, las fronteras, los asentamientos, el ejército… todo ello constituía la base material de un estado, pero que era la idea de un estado –la utopía que albergaba los sueños y las aspiraciones, los anhelos y las ambiciones de sus pobladores– el elemento crucial. El primer concierto de la Orquesta Filarmónica Palestina tuvo lugar en 1936 en Tel-Aviv, con Arturo Toscanini a la batuta. Desde hacía ya cuatro años, la ciudad tenía su museo de arte, y de aquel entonces datan igualmente los laboratorios del Mar Muerto. En la década que va entre 1924 y 1934 se fundaron tres institutos educativas de primerísimo nivel: el Instituto Tecnológico (Tejnión), en 1924, la Universidad Hebrea de Jerusalem, en 1925, y el Instituto Weizmann, en 1934. El estado, bien se sabe, no vino hasta 1948.

Desde entonces, Israel no ha dejado de progresar. Su excelencia académica, las patentes que genera, los libros que publica, los premios Nobel que cosecha, todo ello coloca a esta diminuta nación en la vanguardia del desarrollo humano. Y es que, como dijo uno de sus más famosos presidentes, Israel, que no puede crecer geográficamente, lo ha hecho en el plano de la creatividad.

Viajé por primera vez al país cuando era niño, junto con mi pequeña hermana y mis padres. Durante nuestra visita al Muro de los Lamentos, vimos rezar a hombres ortodoxos custodiados por jóvenes soldados. Recuerdo una apreciación de mi padre, quien, al ver ese cuadro hermoso, dijo: “El religioso no podría rezar allí si no fuera por la protección que le brinda el soldado. Pero la presencia del soldado no tendría sentido alguno si no estuviera rezando el ortodoxo”. Esta unión entre lo místico y lo moderno, entre la tradición y el pragmatismo, entre lo mundano y lo espiritual, aun con todas las tensiones que genera, dota al estado judío de una singularidad muy especial. Después de todo, si a Moisés le fuese concedido hoy el permiso de ingresar a la Tierra Prometida, se toparía con israelíes que hablan su mismo idioma, que profesan su misma religión y que habitan el mismo territorio hacia el que él condujo a su gente, hace tres mil años. Y eso es decididamente maravilloso.

*Julián Schvindlerman es escritor y analista político internacional. Bloguea en The Times of Israel y es columnista en Infobae y Radio Jai, entre otros medios.