“Flores en el desierto”, por Fanny Mandelbaum

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“Flores en el desierto”, por Fanny Mandelbaum

Mi última visita a Israel fue en el 2008 para participar del programa “Marcha por la vida”. Fui con mi nieto aunque él iba con tarbut y yo con el grupo de gente grande. Sentí que Jerusalem, más que Tel Aviv y más que Haifa, es el símbolo de Israel y debería ser símbolo de la pacificación. Es una ciudad sagrada para los judíos, para los musulmanes y para los cristianos y eso debería ser tenido en cuenta y debería trabajarse con la juventud. En lugar de ser enemigos tendríamos que pensar más. Tengo muchos curas amigos que me dicen “la hermanita mayor”, curas con total seguridad de que el cristianismo está basado en el judaísmo y eso es lo que habría que trabajar. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con los musulmanes y crear un puente de paz, de la misma manera que lo hacen grandes representantes de las religiones. Curas y Rabinos que hablan de unidad y demostraron que se podría.

Ahora con Francisco, esto es mucho más grande, ir a Jerusalem y a la parte musulmana y tratar de juntar un imán, un rabino y un cura demuestra que ese es el camino. Jerusalem posee esa extraña mezcla de futuro y pasado, esa ciudad vieja que te dan ganas de respetar todos los preceptos antiguos, y la ciudad moderna donde las chicas caminan por la calle en shorts, donde los bajurim no usan el sombrero; una ciudad donde todo convive.

Recuerdo también mi primer visita a Jerusalem, tenía 19 años, era 1959 y hacía poco que había terminado la guerra del Sinaí. Caminé por las calles de piedra cerca del muro de los lamentos y recordé la historia de Jesucristo que habíamos visto en las películas. Caminaba por los mismos lugares donde había transcurrido la historia que conocemos desde chiquitos a través del cine, de lo que me contaban en el colegio, la mayoría de los chicos eran católicos y cuando venía la pascua hablaban del viacrucis y mostraban las fotos. Intenté pelear ante los preconceptos: fui al Muro de los Lamentos, quise entrar pero me dijeron que no, que no podía porque ese lugar era para los hombres y que las mujeres teníamos que ir a un costadito. Esa es una de las cosas que espero que algún día se modifiquen, por lo menos que mis tataranietos vean que nos unimos todos. Todavía no estaba escrita la canción “Ierushalaim shel Zahav”, pero después entendí un montón de cosas. En Jerusalem el atardecer es como un sueño: el brillo del sol sobre las piedras amarillentas da la sensación de que toda la ciudad se vuelve dorada. La primera vez que escuché esa canción (tuvieron que ayudarme con la traducción porque mi hebreo no era tan bueno) pensé “qué bárbaro el poeta que escribió ese tema” porque en verano, a eso de las seis o siete de la tarde, Jerusalem es dorada, absolutamente dorada. Fue la primera vez que esa ciudad me deslumbró: estaba hecha de juguete, no era verdadera y se mantenía como hace siglos atrás. La emoción fue muy grande.

Tengo la esperanza de que Israel pueda ser ícono, el faro donde se junten las religiones y que pueda alumbrar al mundo para que haya paz. Soy una amante de las utopías y creo que las utopías dependen de las personas para que se cumplan. Cuando uno dice “A shana avaha ve ierushalaim”, muchos lo decimos en serio porque Jerusalem es el lugar al que siempre quiero volver.

*Artículo extraído del Libro Continuidad, “Keren Hayesod, la historia en afiches”, editado en 2014.