Ese lugar que supo ser sueño

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Ese lugar que supo ser sueño

*Por Ilan Sztulman – Embajador de Israel en Argentina

El año en el que la Asamblea General de las Naciones Unidas votó la resolución 181, que dio lugar al Plan de Partición, el medio de comunicación más popular de entonces era la radio. Abundaban en su programación coberturas deportivas y novelas. Sin embargo, aquel día de noviembre de 1947, las familias judías, que aún batallaban con las heridas abiertas de la Shoa, se congregaron como una sola, frente al aparato sonoro para escuchar atentas y esperanzadas acerca de la posibilidad cierta de concretar el sueño de un hogar nacional.

Transcurrido unos meses de aquel hito, ese sueño milenario, se plasmaba en la declaración de independencia de Medinath Israel. Nuevamente, madres y padres, hijos y abuelos, rastreaban entre las frecuencias de las emisoras de la época las noticias acerca de este hecho que cambió para siempre la historia del pueblo judío.

Instintivamente cientos, miles de hombres y mujeres urgidos por la fuerza de su identidad, se sumaron a la lucha por la defensa del joven Estado. Aquellos oídos atentos del mundo se unieron con mano extendida a la protección de esta tierra, una vez prometida y hoy soberana.

El rol que jugó la diáspora en esa etapa fue clave en múltiples sentidos. Por un lado, la Aliá en tanto proyecto de vida, se instauró como un medio de realización personal y colectivo. Asimismo, en escuelas, sinagogas y centros comunitarios se extendió la conciencia acerca de la centralidad del Estado de Israel en las kehilot: la enseñanza del Hibrit, las campañas en pos de la forestación del desierto y la promoción de los buenos vínculos entre los países con la administración de la joven nación.

Por otro lado, en Israel fue creciendo una sociedad aluvional que se nutrió de las costumbres de diversos lares del mundo. Fue vital para ella el apoyo de quienes supieron entender que la klita, como instancia de adaptación de los nuevos inmigrantes a las condiciones de vida israelí, era un factor que requería de la planificación, el cuidado y la inversión tanto de israelíes como de judíos en la diáspora.

Argentina, el lugar donde me honra servir como embajador, alberga una de las comunidades judías más numerosas y florecientes que tanto ha contribuido, a lo largo de estos 70 años, a que nuestro país se haya transformado en una potencia tecnológica, en una referencia en el mundo emprendedor y en un ejemplo de democracia en la región.

No obstante, si bien hemos logrado consolidar un sitio destacado en el concierto de las naciones, aún son muchos los desafíos que se alzan frente a nosotros. Sin dudas, el primero de ellos es alcanzar la paz con nuestros vecinos. No sólo porque esto llevaría alivio a los ciudadanos israelíes que viven bajo la constante amenaza de agresiones y el asedio del terrorismo sino porque resulta un deber ético, una aspiración que encuentra sus raíces en el ideario de los pioneros sionistas y que se proyecta en las generaciones futuras. Es esta una consigna nacional y personal, un reto en el que no claudicaremos.

En este rumbo es central continuar profundizando los lazos entre los judíos de Argentina y del mundo con Israel. Es éste el lugar donde se condensan nuestros valores identitarios, donde prima la certeza de un hogar abierto, donde siempre existe un motivo para volver.

Porque nuestro pueblo tiene una tradición de miles de años de historia. Porque la construcción del Estado de Israel es una realidad que ya lleva siete décadas de vida. Y porque hoy este milagro cotidiano que se erige en un pequeño lugar de Medio Oriente nos convoca a seguir pensando, juntos como hasta ahora, los desafíos de cara al futuro. En ese camino andamos, navegamos, diseñamos, creamos y reflexionamos sobre ese lugar que supo ser sueño, y que siempre lo será.