“Del coche danzarín al aeropuerto”, por Gustavo Perednik

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“Del coche danzarín al aeropuerto”, por Gustavo Perednik

No sólo euforia sobrevino a la gloriosa semana de junio de 1967. Se inauguró a la sazón una época de sostenido florecimiento de Israel, y de consolidación nacional. La irreversibilidad del Estado judío fue sellada con los laureles de la liberación de Jerusalem. El ex embajador de Israel en los Estados Unidos, Michael Oren, ha desgranado las peripecias que empujaron a esa guerra, y su sorprendente desarrollo, en su magistral libro Seis días de guerra (2002).
En relación al noble accionar de CUJA, lo más notable de aquella contienda quizás sea cómo la súbita victoria solidificó la identidad judía en el mundo entero. Me atrevo a confirmar aquella exaltación con mis propios recuerdos de la infancia. Tenía diez años y papá conducía el coche hacia Hacoaj. El noticiero radial anunció el inesperado y rotundo triunfo israelí, y papá pegó tal salto que el auto bailó con nosotros. Y no sólo con nuestra familia: también con una buena parte del pueblo judío que emergía aliviado y orgulloso.
Muchos años más tarde supe que aquella inolvidable danza automovilística tuvo miles de paralelos en centenares de comunidades judías por doquier. Respiraban aliviadas: el nuevo intento de borrarnos del mapa había sido neutralizado.
El subsecuente florecimiento se prolongó durante algo más de un lustro, hasta que Israel fue nuevamente agitado por el trauma de otra guerra -la de Yom Kipur-, y a ésta sucedió uno de los períodos más complejos de la historia, el último cuarto del siglo XX, que precisamente venimos a abordar.
De los dos conflictos bélicos mencionados, retrotraigamos nuestra mirada a sus respectivas posguerras. Notamos el ríspido contraste: la primera fue triunfal; la segunda, de contracción y temores. Después de los Seis Días fuimos invencibles; después del Día del Perdón fuimos vulnerables.
Es cierto: la victoria nos visitó en ambos casos, pero admitamos que en el segundo de ellos fue pírrica. Tanto, que el enemigo pudo ufanarse durante décadas de haberla ganado. Hasta hace poco la denominaban “la victoria de octubre”.
En el frente interno, la crisis desatada por aquel Yom Kipur se caracterizó por una indomable inflación, un gasto público que trepó como enredadera, y ramificados aprietos bursátiles e industriales. Caímos en el nadir en 1983, año a partir del cual el trance comenzó a revertirse. Un plan estabilizador aplicado por los ministros de economía Yitzhak Modaí y Moshé Nisim introdujo reformas estructurales de apertura que allanaron el camino para un crecimiento sin precedentes en la década subsiguiente, y que en buena medida continúa redoblado hasta hoy.
Uno de los periodistas más brillantes del Israel actual, Amnon Lord, publicó hace poco un libro sobre la guerra de 1973 titulado La generación perdida (2013), en el que sostiene que la insuficiente reacción durante los primeros días de la contienda no se debió, como habitualmente se cree, a torpezas y trabas en los canales de toma de decisiones. En vez de ello, arguye Lord convincentemente, la causa principal del fracaso debe hurgarse en la paralizante presión que el gobierno norteamericano ejerció sobre el israelí.
Fuere una u otra la razón del descalabro, la grave retracción que castigó a Israel fue ostensible. Las muchas heridas no restañaban después de más de 2500 bajas en la guerra, y las conclusiones de la Comisión Agranat que investigó los prolegómenos de la guerra apuntaron contra las flaquezas del liderazgo. Secaba sus lágrimas un Israel maduro para un cambio histórico, para un reposicionamiento político que, en el léxico hebreo contemporáneo, dio en llamarse “el mahapáj” –la gran muda o cambio.
Cabe datarlo en 1977. Por primera vez el timón del Estado recayó en el segundo de los dos grandes movimientos que lo habían construido. La visión que se estrenaba en el gobierno difería de su predecesora en muchos aspectos, también en el económico y social. Si bien la hacienda no fue desregularizada da de inmediato, comenzó a la sazón un proceso gradual e irreversible que culminó en las dos décadas de la era Netanyahu que continúan hasta hoy en día.
El decenio de 1980 se inició con un nuevo enfrentamiento y concluyó con auspiciosas negociaciones. Fue inaugurado por la Guerra en el Líbano, y clausurado por la Conferencia de Paz de Madrid de principios de 1991, un broche de oro que, en el plano internacional, tuvo su paralelo en un proceso de universal trascendencia: la caída del Muro de Berlín, emblemática de la metamorfosis que sacudiría a la humanidad. En lo que Israel se refiere, dicha transformación trajo aparejada la mayor inmigración en treinta años.
En efecto, la debacle del comunismo abrió, en el nuevo marco de libertad, las vastas compuertas de la aliá, y hacia el año 2000 arribaba al país más de un millón de inmigrantes. Esta cifra incluye la relativamente pequeña pero muy significativa aliá de Etiopía, en particular los casi quince mil judíos liberados con la célebre Operación Shlomó de 1991.
Permítaseme en este contexto una anotación autobiográfica más, ya que también mi familia se incluye en aquella ola masiva del retorno a Sión.
Recuerdo que quienes esperaban detrás de mí en la cola en el aeropuerto Ben Gurión, me miraron con sorprendida admiración cuando llegó mi turno ante el control de pasaportes e informé que era un nuevo olé. Alcancé a oír algo así como “Qué loco, ¡en estos momentos!” Me limité a retribuirlo con una expresión de simpatía a los pocos turistas que desafiaban la crisis del Golfo Pérsico. La empleada de control musitó “Behatslajá” (¡éxitos!) mientras sellaba mi visado, y su sonrisa expresaba un “bienvenido a casa”. Ruthie y los chicos se habían quedado en Londres por unos días, así que esa noche era el único olé en el aeropuerto. Eso creí. La demora en la llegada de las maletas me deparó una memorable sorpresa.
En un primer momento no me di cuenta de quiénes se trataba. Una multitud se acercaba hacia donde me hallaba de pie, en las amplias oficinas que la Agencia Judía mantiene en el lugar. Repentinamente se me hizo claro que decenas de familias enteras, sin bullicio y con mucha curiosidad, llegaban a su nuevo hogar desde la derrumbada Unión Soviética. Varios centenares ya poblaban el salón cuando los alumnos de una escuela israelí irrumpieron “Hevenu Shalom Alejem” (“bienvenidos, les traemos paz”) y la conocida canción se esparció por el aeropuerto entero.
A los pocos minutos fui, impensadamente, uno más entre ellos. Los voluntarios que vinieron a recibirlos daban indicaciones en ruso (también a mí) y mientras nos ofrecían café y sandwiches, se procedía a los trámites de documentación. Exclusivamente ruso se oía en mi derredor: comentaban sonrientes, pedían información, y algunos de los más chiquitos lloriqueaban o corrían agitando las banderas israelíes que les habían entregado los escolares que seguían cantando.
Los adultos esperaban relajados en un ambiente que había cobrado la forma de anfiteatro. Cada uno iba recibiendo su documento de identidad computarizado, y una considerable suma de dinero para los primeros gastos. Se sentía preocupación por cada uno de nosotros: estábamos en casa.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que alguien me descubrió entre los recién llegados, y se presentó en castellano; me dio la bienvenida al país y se disculpó por que este argentino se les hubiera escapado entre los cientos de rusos.
Las cantidades sin precedentes de inmigrantes en un corto lapso generaron una demanda inmensa e inmediata de soluciones, lo que implicó la urgencia de conseguir vivienda y trabajo para miles. Por ello, el Keren Hayesod lanzó una proverbial campaña extraordinaria denominada Éxodo.
Tanto esta aliá como las mentadas negociaciones de paz coadyuvaron al inusitado crecimiento del país. Las negociaciones en Madrid pusieron por primera vez a los diplomáticos israelíes cara a cara con los de cada uno de sus vecinos, y el optimismo irradiado alentó a muchas naciones a establecer relaciones con Israel. La más notable a mi juicio fue China al año siguiente, seguida por una veintena de países casi de inmediato. Hoy en día, el otrora “paria entre los países” puede ufanarse de relaciones de paz con más de ciento cincuenta Estados, incluidos sus principales vecinos. No sólo de ello.
Cifras récords en inventos, en inversión extranjera, en infraestructura, en logros tecnológicos y científicos, han cimentado el milagro del pueblo judío renacido en la vieja e irreconocible tierra. En suma, el período que hemos evocado arrancó desde la ardua incertidumbre, y ascendió hasta el éxito y la prosperidad. Un emblema de Israel en su conjunto.

*Artículo extraído del Libro Continuidad, “Keren Hayesod, la historia en afiches”, editado en 2014.