Borges, Jerusalem y el pueblo del Libro

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Borges, Jerusalem y el pueblo del Libro

por Gustavo D. Perednik*

* Escritor y filósofo argentino-israelí | Artículo publicado en libro “Continuidad” de CUJA

En mi artículo en el número anterior de Continuidad narré la algarabía que sacudió a mi familia por la victoria de los Seis Días, júbilo que bien reflejó los sentimientos que embargaron por entonces a la mayor parte del pueblo judío. El alivio había sido proporcional al temor que se apoderó de los judíos en mayo de 1967, ante el inminente peligro de destrucción.

El máximo escritor en español del siglo XX, aun sin ser judío, protagonizó un sacudón similar. Cuando estalló la aludida guerra, Jorge Luis Borges irrumpió en la biblioteca de la Sociedad Hebraica Argentina. Ante la atónita audiencia dijo que deseaba recitar un poema de su autoría dedicado a Israel, y solicitó para aquellos versos “la hospitalidad de la revista Davar”. Borges declamó su poema A Israel y concluyó con un fervoroso “¡Viva la patria!” que emocionó a los presentes.

En efecto, según Borges, jamás permitió que opiniones políticas se infiltraran en su literatura salvo en una sola ocasión: cuando lo “urgió la exaltación de la Guerra de los Seis Días”.

La obra borgeana es climácica en las letras universales, y de difícil encuadre: son proverbiales sus poemas narrativos, sus cuentos ensayísticos y sus ensayos poéticos. El escritor israelí Jaim Hazaz lo ha comparado con un rabí talmúdico: Borges desviste la trama literaria por medio de no enfatizar la relación de los hechos sino su significado interno.

Ni siquiera es clara la tradición que lo alberga. Por un lado es reconocible como un alma vivamente argentina: recupera al gaucho, los malevos y arrabales porteños, y da fama a plumas notables como Enrique Banchs y Evaristo Carriego.

Pero al mismo tiempo se trata de un creador universal que abarca la poesía anglosajona, el budismo, Walt Whitman, las Mil y Una Noches, Dante y el ultraísmo. Borges rebasa una sola tradición; de entre los varios legados que le atrajeron brilla el judaico.

Desde su infancia se sumergió en la Biblia estimulado por su abuela Fanny Haslam Arnett. Indagó desde la añoranza hebrea por Jerusalem hasta Heine; desde el golem hasta Baruj Spinoza, cuya doctrina sintetizó en el relato La muerte y la brújula (lo denominó “un cuento judío”). Incluso le interesó la compleja identidad del judío moderno, un tema que ha sido menos considerado que otros campos de su inagotable erudición.

Para definir el Israel borgeano vale la metáfora del viaje del filósofo que propone Platón: se forma intelectualmente, luego sale a la sociedad a retroalimentarse, y termina por regresar a su fuente formativa. Buenos Aires-Europa-Buenos Aires.

Sus dos estaciones europeas fueron Ginebra y Madrid. En la primera transcurrió su adolescencia, educado en el Colegio Calvino en el que sus dos mejores amigos fueron Simón Jichlinsky y Maurice Abramowicz (huelga aclaración de origen). Precisamente la simpatía de Borges para con los temas hebreos quedó documentada por primera vez en una carta del 11 de octubre de 1920 dirigida a Abramowicz.

Cuando éste murió en 1984, resumió Borges: “Las generaciones de Israel estaban en ti cuando me dijiste sonriendo: Je suis très fatigué, J’ai quatre mille ans”.

Su familia se había trasladado a Ginebra a comienzos de la Gran Guerra, y al concluir residieron un tiempo en Madrid, en donde Borges esta vez trabó amistad con Rafael Cansinos Asséns, de quien siempre se consideró discípulo. De Cansinos no aprendió sólo poética sino la opción que el intelectual español enfrentó en los años veinte entre una España tradicionalista y judeofóbica, y otra liberal con simpatías por el judaísmo. Su retorno a Buenos Aires coincidió con el surgimiento del nazismo, que lo llevó a una militancia en favor de los judíos. Ya en 1923 incluyó en Fervor de Buenos Aires su poema Judería en el que “la chusma se ha vestido de injurias… y arrecia la muchedumbre cristiana con un pogrom en los puños”.

Cuando regresó con su familia a Buenos Aires, tuvo como referente intelectual a un íntimo amigo de su padre: Macedonio Fernández, creador de un género aun más inclasificable que el de Borges. Así lo homenajeó a su muerte (1952): “Los historiadores de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik, cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio”. También en Borges, agreguemos. Y algo de clarividente: se adelantó en cuatro décadas al contenido del llamado “Evangelio de Judas” descifrado en 1988, que Borges había imaginado fielmente en uno de sus relatos más célebres.

Enfrentado al emergente nazismo

Cuando los nazis ascendían en Alemania, uno de sus seguidores argentinos, Enrique Osés, dirigía en Buenos Aires el periódico Crisol. El diario El Pueblo publicaba Los Protocolos de los Sabios de Sión, y la llamada Legión Cívica amedrentaba a los judíos, comandada por el teniente general Juan B. Molina -quien era nada menos que secretario del presidente José Félix Uriburu. La violencia retórica de Molina impulsó al semanario Mundo Israelita a solicitar de intelectuales argentinos que se expidieran. Borges lo hizo el 27 de agosto de 1932:

Ciertos desagradecidos católicos –léase personas afiliadas a la Iglesia de Roma, que es una secta disidente israelita…- quieren introducir en esta plaza una tenebrosa doctrina, de confesado origen alemán… Basta la sola enunciación de ese rosario lóbrego para que el alarmado argentino pueda apreciar la gravedad del complot… Se trata –soltemos de una vez la palabra obscena- del Antisemitismo. Quienes recomiendan su empleo suelen culpar a los judíos, a todos, de la crucifixión de Jesús. Olvidan que su propia fe ha declarado que la cruz operó nuestra redención. Olvidan que inculpar a los judíos equivale a culpar a los vertebrados, o aun a los mamíferos. Olvidan que cuando Jesucristo quiso ser hombre, prefirió ser judío, y que no eligió ser francés ni siquiera porteño, ni vivir en el año 1932 después de Jesucristo para suscribirse por un año a Le Roseau D’Or. Olvidan que Jesús, ciertamente, no fue un judío converso. La basílica de Luján, para Él, hubiera sido tan indescifrable espectáculo como un calentador a gas o un antisemita.

Volvió a hacer gala de su magistral ironía un año y medio después, cuando la mentada Crisol “acusó” a Borges de “ocultar” su supuesta ascendencia judía. Borges responde bajo el título de Yo, judío:

¿Quién no jugó a los antepasados alguna vez, a las prehistorias de su carne y de su sangre? Yo lo hago muchas veces, y muchas no me disgustó pensarme judío…. Crisol, en su número del 30 de enero, ha querido halagar esa retrospectiva esperanza y habla de mi “ascendencia judía maliciosamente ocultada” (el participio y el adverbio me maravillan).

Borges Acevedo es mi nombre. Ramos Mejía, en cierta nota del capítulo quinto de Rosas y su tiempo, enumera los apellidos porteños de aquella época para demostrar que todos, o casi todos, “procedían de cepa hebreoportuguesa”. Acevedo figura en ese catálogo: único documento de mis pretensiones judías, hasta la confirmación de Crisol

Estadísticamente los hebreos eran de lo más reducido. ¿Qué pensaríamos de un hombre del año cuatro mil, que descubriera sanjuaninos por todos lados? Nuestros inquisidores buscan hebreos, nunca fenicios, garamantas, escitas, babilonios, persas, egipcios, hunos, vándalos, ostrogodos, etíopes, dardanios, paflagonios, sármatas, medos, otomanos, bereberes, britanos, libios, cíclopes y lapitas. Las noches de Alejandría, de Babilonia, de Cartago, de Menfis, nunca pudieron engendrar un abuelo, sólo a las tribus del bituminoso Mar Muerto les fue deparado ese don.

En varias ocasiones otras se refirió a la judeidad que le atribuían, siempre con humilde ironía: No lo merezco… He hecho lo mejor que pude para ser un judío. Pude haber fracasado… Sé pertenecemos a la civilización occidental, entonces todos nosotros, a pesar de las muchas aventuras de la sangre, somos griegos y judíos… Muchas veces me pienso judío pero me pregunto si tengo el derecho de hacerlo.

En 1947 escribió con su amigo Adolfo Bioy Casares el cuento La Fiesta del Monstruo, que expresa su rechazo del gobierno de marras. El argumento remite al clásico argentino El matadero (1840) de Esteban Echeverría, para quien “el monstruo” era la tiranía de Rosas que asesina a un joven unitario. En uno y otro relato, personajes marginales emergen de las orillas de su escala social para asesinar cubriéndose en la impunidad que les da su adscripción partidista. Su víctima no es quien detenta riqueza material, sino un símbolo de la cultura, un personaje que a juicio de los autores encarne la idea de la civilización. Para Borges y Bioy, el arquetipo del blanco de odio es el judío apedreado.

En cuanto a los personajes judíos en la narrativa borgeana, unos portan tonalidades muy positivas como David Jerusalem; otros las más negativas como Aaron Loewenthal.

La fluidez en caracterizar a los personajes, resulta de la libertad que le otorga a Borges ser un filosemita, circunstancia que le permite intercalar sin pudor estereotipos negativos a fin de enriquecer el logro literario. En general, es llamativo que una buena parte de sus personajes judíos sean, en mayor o menor medida, criminales. Entre los diez principales hay homicidas, estafadores, traidores, usurpadores.

Con todo, la cualidad más reiterada de sus judíos es su pertenencia a la intelectualidad; son personas ilustradas, artistas.

 

El Premio Nobel le fue imperdonablemente esquivo (no dárselo era “una tradición escandinava”, sonreía). Como justas compensaciones, recibió los premios Jerusalén (1971) y Cervantes (1979). Defendió al pueblo de la primera; ennobleció el lenguaje del segundo.