“1946 – 1949: del Infierno a la gloria”, por Marcelo Birmajer.

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“1946 – 1949: del Infierno a la gloria”, por Marcelo Birmajer.

“1946-1949
 Independencia, sólo un primer paso. Después de la segunda guerra mundial, al ser liberados los campos de concentración y exterminio, Keren Hayesod contribuye al transporte de miles de sobrevivientes de la “aliá ilegal” al país, a la sazón bajo Mandato Británico. Muchos de los dirigentes de KH perdieron la vida en la Shoá. La destacada posición del KH en la realización del sionismo lo colocó en la mirilla de factores hostiles y en marzo de 1948 se registra un ataque terrorista contra sus oficinas en Jerusalén por medio de un coche-bomba. Su estallido causó 12 muertos, entre estos el director de Keren Hayesod, Leib Yaffe”. (Material institucional del Keren Hayesod).

Ya no recuerdo si en el año 2005 o 2006, de visita en Israel, invitado por el entonces naciente grupo Kol Dor, nos llevaron a recorrer el renovado Yad Vashem. Como siempre en Israel, cada nueva visita nos revela avances, cambios, descubrimientos. En el caso de Yad Vashem, además de haber incorporado una gran cantidad de nuevos materiales- como ocurría año tras año-, ahora el recorrido por el interior del museo estaba organizado de modo documental y argumental. Se podían seguir fotográfica, audiovisual y temáticamente las historias individuales de los sobrevivientes de la Shoá, las víctimas y sus parientes. Era una historia cuyo final ya conocía, por mucho que me cambiaran el recorrido. Sin embargo, el relato de esa tragedia ineludible, esta vez, acababa en una promenade desde donde se podía divisar, en un día iluminado por un sol esplendoroso, la majestuosidad y humanidad de la ciudad de Jerusalem, la capital judía luego de 2000 años de exilio. Salías de Yad Vashem y la ciudad se extendía antes tus ojos, generosa y familiar, como si pudieras llegar a ella volando en una tela de Chagall. Un compañero norteamericano estaba en ese momento a mi lado; lo miré y, en mi chapucero inglés, le pregunté:
– ¿Qué es más increíble: esa catástrofe que acabamos de evocar, que vivió nuestro pueblo a manos de los nazis; o que los sobrevivientes que pasaron por aquello fueran capaces de construir una ciudad como esta?
Mi amigo americano, sin decir una palabra, me señaló Jerusalem. Ambos teníamos los ojos llenos de lágrimas.
El período que va de 1946 a 1949 ha sido uno de los más excitantes y venturosos que haya vivido el pueblo judío en su de por sí prodigiosa historia. La salida de los campos de la muerte y la llegada a la tierra de Israel convertida en el primer Estado Judío moderno es una odisea que, a mi parecer, está a la altura del Éxodo que condujo Moisés. Cuando Moisés sacó a su pueblo de Egipto, aún no le habían sido dados los 10 Mandamientos. Intuía los valores, pero no habían sido tallados en piedra en la memoria del pueblo. No es un milagro menor que después de la Shoá, el pueblo de Israel haya conservado esos valores con la misma tenacidad que antes de su peor catástrofe. Otros pueblos, grupos políticos e intelectuales se han concedido a sí mismos dispensas éticas por el sufrimiento padecido. Han renunciado a los 10 mandamientos como una venganza contra un destino hostil o fatal. Los judíos enfrentaron sus desafíos y batallas con los 10 mandamientos como estandarte, no como lastre. En el extraordinario documental “Long way to home”, que narra precisamente el peregrinaje de los sobrevivientes desde la Europa Nazi a la libertad en la tierra de Israel, el gran rabino de Israel, Meir Lau, expresa con belleza insuperable: “Si no éramos el Pueblo Elegido hasta entonces, lo fuimos después”. También narra que, en medio del horror, su hermano mayor le señaló lo que entonces se llamaba Palestina en un mapa, y le susurró: “Esta es nuestra casa. Aquí debes ir”.
Los carteles del Keren Hayesod confeccionados y divulgados durante esta etapa decisiva del pueblo judío, difunden valores que explican el triunfo de esta tribu malherida pero indestructible. Los carteles nos hablan, esencialmente, de responsabilidad. Incitan a los judíos a hacerse cargo de su propio destino. No dedican palabras ni gráficos a denigrar enemigos, que los tenían, y muchos e irreductibles. Los mensajes hacen hincapié en las acciones que los judíos pueden llevar adelante, no en las injurias que padecen por el odio insensato de asesinos voluntarios, ya fueran los nazis de la guerra recién terminada, o los terroristas árabes que los continuaban en su afán genocida. La guerra de Independencia de Israel no fue por territorio: las bandas terroristas árabes, que ya habían colaborado con el nazismo durante la conflagración mundial, dirigidos por el Gran Mufti de Jerusalem, apuntaban ahora, luego de la derrota del Eje, a acabar la tarea genocida bajo la excusa de un conflicto de soberanías. Los 600 mil judíos, mayoría en el pequeño territorio asignado por la ONU al nuevo hogar nacional, no representaban un peligro, ni territorial ni político, para los nativos palestinos, rodeados de países igualmente árabes, habitados por decenas de millones de personas de la misma etnia, cultura e intereses. Pero aún así, en esta emboscada que el Medio Oriente les tendía luego de la peor hecatombe provocada por el hombre en el siglo XX, la Shoá, los judíos del Ishuv pensaron sus carteles para inspirarse a sí mismos, no para degradar al enemigo.
Basta con mirar la propaganda árabe, egipcia, siria, jordana o palestina, de la época inmediatamente posterior a la declaración de Independencia de Israel, para encontrar los clásicos dibujos antisemitas: el judío seboso, de nariz prominente y carnosa, mirada codiciosa y labios flácidos; ridiculizado en su vestimenta y actitudes. Ningún espejo en sentido contrario se puede encontrar en los carteles del Keren Hayesod de la época.
En 1946 y 1947, aún los judíos carecían de soberanía legal. Pero ya eran, en su colectivo, un Estado mucho más consolidado que cualquiera de sus vecinos. La democracia, la tolerancia y el cosmopolitismo humanitario eran florecientes en esa sociedad judía que se erguía de las ruinas; mientras que en las comunidades vecinas las mujeres seguían sometidas, los campesinos eran explotados sin derechos e imperaba la ley del más fuerte, el nepotismo y la tiranía. Pero los judíos se exigían a sí mismos con un talante espartano: trabajo manual y campesino para revertir tantos años de diáspora en que les estuvo vedado el trabajo de la tierra; armas para un pueblo que había sido masacrado por la prohibición de portar armas; solidaridad entre los afortunados judíos de Occidente y los recientes guerreros judíos del Medio Oriente. Golda Meir lo dijo con toda claridad cuando Ben Gurión la envió a recaudar fondos a Estados Unidos, en las vísperas de la guerra del 48, dirigiéndose a la gran diáspora judía americana, la más numerosa, sólida y asentada de todo el orbe: “Ustedes no pueden decidir si pelearemos o no. Pelearemos en cualquier caso. Pero con vuestro dinero, pueden decidir si ganaremos o perderemos”. Cuando Golda regresó a Israel, luego del éxito recaudatorio, Ben Gurión le replicó en el aeropuerto: “Un día se dirá que una mujer hizo posible la sobrevivencia del Estado judío”.
Esa épica narran los posters del Keren Hayesod del período. En sus trazos discretos pero contundentes, en sus textos rústicos pero convocantes, se puede seguir la historia que para mí es la más maravillosa del mundo: la del renacimiento del pueblo judío. Todavía los hombres no han escrito nada que se parezca tanto a un milagro bíblico. En esos carteles hay una virilidad que no tiene nada de machista, una evocación del pueblo que no tiene nada de populista, una idea de la defensa armada que no tiene nada de militarista, una apelación a la nación que no tiene nada de chauvinista. Es una estética que tiene toques del heroísmo occidental, pero sin rendirse a los cánones occidentales; que recupera el calor y el ritmo de Medio Oriente, ya conocidos por los sefaradíes, pero sin perder la sutileza askenazi; que sin mencionar a Dios, lo incluyen en el esfuerzo que se le exige exclusivamente a los hermanos humanos. Son carteles judíos. Si no fueron eternos en los procelosos días en que se dibujaron y escribieron, sin duda lo son ahora.

*Artículo extraído del Libro Continuidad, “Keren Hayesod, la historia en afiches”, editado en 2014.